Analfabetos funcionales
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La Universidad española dejó hace mucho tiempo –demasiado– de ser garantía de excelencia. La proliferación de centros privados, en los que se compra el título, y la rebaja de los estándares docentes –que también afecta a los centros públicos– son las principales causas de este demérito. La endogamia del profesorado y sus consecuencias lógicas (banderías y luchas intestinas, organizadas alrededor de esos pendones medievales que son los catedráticos), contribuyen también al desprestigio, qué duda cabe.
Fruto de todo ello, el título universitario no es ya –en absoluto– un marchamo de calidad. Al contrario, se ha convertido en un simple obstáculo administrativo que debe superarse para alcanzar algunas metas personales. No, ciertamente, ubicadas en la actividad privada. La empresa se curó hace mucho del mal de las certificaciones compulsadas. Y es lógico. Le ha llevado a ello la fuerza de los hechos. Cuando alguien se juega los cuartos cada día en el mercado quiere empleados que generen valor. Y la posesión de un título no lo asegura per se. Básicamente, la formación universitaria es una carrera de vallas que únicamente presta buenos servicios a los corredores que pretenden ingresar en la función pública.
Desde el punto de vista del producto humano que crea la universidad, este orden de cosas desordenado se traduce en una mercancía prototípica: el analfabeto funcional. Es una persona que puede, quizá, haber atesorado ciertas competencias teóricas en su largo deambular por los pasillos de la docencia española; incluso cabe que disponga de algunos conocimientos de cierta solidez. Pero es, en conjunto, juzgado con adecuada perspectiva, en su totalidad como individuo pensante, profundamente iletrado. Lo demuestra a cada paso que da. Lo carcome un vicio de larga gestación: no saber expresarse ni exponer un ideario –el que sea– mínimamente ordenado. Atesora una pobreza expresiva que da miedo. Asomarse a los productos de su esfuerzo mental causa una tristeza infinita.
Recientemente, navegando por la red, me he dado de bruces con un trabajo de fin de grado sobre el fraude fiscal. Me pareció interesante y lo imprimí. Tiene ya unos años. Es de 2016. Por razones obvias, no voy a desvelar ni la identidad de la autora ni la de su tutora. Tampoco, la universidad (pública) que las acoge a ambas. Ni tan siquiera me tomaré la libertad de citar algunos párrafos, como ejemplo de lo que pretendo denunciar en esta entrada. Hoy día, hasta una simple frase, tecleada literalmente, conduce sin dificultad a la “escena del crimen”. Servidumbres de estos tiempos tan tecnológicos.
Analizado el fondo del trabajo, esto es, en cuanto a su contenido, lo califico de correcto. No descubre nada nuevo. Simplemente, describe el fenómeno recurriendo a referentes tópicos ampliamente asentados (el fraude genera inequidad fiscal, competencia desleal y cuartea el estado de bienestar, es de difícil cuantificación, etc.). Destaca, como aspecto positivo, el esfuerzo empleado por la alumna en la elaboración de los gráficos y esquemas resuntivos de algunos fraudes, bastante conocidos, que estudia. El trabajo, incluso me cita. Pero ello no frena mi mano a la hora de juzgarlo.
Yo, sinceramente, la hubiera suspendido. La indigencia estilística que rezuma es desoladora. No me estoy refiriendo a fallos de redacción de esos que molestan a los quisquillosos como yo. Ni mucho menos. Hablo de auténticas andanadas bucaneras a las bases de la sintaxis. El texto abunda en faltas crasas de concordancia en género y número entre el sujeto y el predicado, comete faltas de ortografía (algo bastante menos perdonable que antaño, en la medida en que la RAE, ¡también ella!, en 2010 rebajó las normas de escritura, aceptando soluciones que en mi época hubieran hecho imposible pasar de curso), expone las ideas de forma repetitiva (un mismo substantivo aparece varias veces en la misma frase), usa perífrasis verbales construidas, algo insólito, sobre la base de tres verbos en infinitivo seguidos, escamotea puntos y seguido al precio de asfixiar al lector … ¿Para qué continuar? Todo ello, descontando que, aun subsanadas semejantes deficiencias, la debilidad del texto subsistiría; por culpa de una prosa que no engarza las palabras, unas con otras, en una cadencia razonable, sino que se limita, unas veces a soldarlas con soplete de acetileno y otras, a unirlas con cemento de fraguado rápido.
Y sobre tanta aridez, la culpa in vigilando de la tutora sobrevolándola. ¿Cómo es posible que no rechazara el texto y le obligara a reescribirlo? Muy sencillo, porque es como ella. Supervisora y autora han sido forjadas en idéntico yunque; son productos de la misma cadena de ensamblaje. Su única diferencia reside en la posición que ocupan en ella: una se sitúa al comienzo del proceso y la otra, al final. Pero, insisto, han salido de la misma factoría. Y quizá un día la segunda reemplace a la primera.
Para desgracia nuestra, en los tiempos actuales los únicos trabajos, tesinas y tesis que superan el test de decencia expositiva son los que versan sobre matemáticas. Y eso, al precio de saltarse su introducción. En ella el autor suele formular un brindis agradecido al esfuerzo y el apoyo de los suyos digno de mejores hechuras. Son menos criticables, simplemente, porque usan menos el castellano.
Nada de esto sucedería si la población leyera. Comprendería entonces que su forma de expresarse queda muy alejada de la que puede considerarse correcta. Pero leer resta tiempo. Y los libros son caros (eso es verdad). Además, algunos fueron escritos hace muchos siglos por señores con nombres bastante raros y títulos no menos extraños.
A la postre, será que me estoy haciendo viejo y aflora el cascarrabias que llevo dentro.
Será …
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE