Un blog de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE)

Administración Tributaria

De Pavía a Rocroi

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Carlos V en la batalla de Muhlberg de Tiziano y Rocroi

El año 2025 está siendo un año de despedidas en la Inspección de Valencia. Muchos compañeros, con un gran bagaje en sus alforjas, después de muchos trienios y actas a cuestas, han alcanzado la edad de jubilación y ponen fin a esa rutina diaria de expedientes, visitas, discusiones jurídicas y algún café que nos unía. No resultará sorprendente este hecho para cualquiera que conozca esta “empresa”, posiblemente lo mismo estará ocurriendo en cualquier otra área y localidad; en los años 80 del siglo pasado la Administración tributaria se engrosó enormemente y muchos de los trabajadores, que se incorporaron entonces, están poniendo fin a sus años de servicio.

Como siempre ocurre, algunas de las despedidas se han hecho más de notar, por lo que se refiere al propio hecho de la despedida como “celebración”, otras han sido más discretas, y aún alguna la calificaría, si es que mi palabra acierta, como de disimulada; y es que, como me diría a quien van especialmente destinadas estas líneas, cada uno actúa según su carácter, y como añado yo, el evento de la “despedida” no hace a quien se despide ni lo describe. Sin duda resulta admirable seguir tu propio camino hasta el último acto, y eso ha hecho; y lo mismo hago yo con estas líneas, dando un poco de notoriedad a un hecho relevante, que para eso el jubilado al que me refiero merece eso y mucho más, aunque no guste de elegías, por más que sean merecidas.

Durante los años en los que hemos compartido menester diario, hemos tenido muchas ocasiones de comentar sobre la Hacienda Pública, no como el ente del “Tesoro Público”, casi un ser sobrenatural al que nadie comprende del todo, pero al que todo se le debe, sino como su realidad mundana y tangible, la suma de personas y personajes de todo pelaje, que es los órganos palpitantes que tocamos realmente, al menos quienes los conformamos. De estas reflexiones compartidas me quedo muchas enseñanzas de mi buen amigo y compañero que se jubila, más cuando el diablo sabe tanto por viejo como por perspicaz, y me sirven para alumbrar la pequeña comparación histórica que le quiero dedicar.

Como para mis compañeros de Escolapios, el primer contacto con los tercios llegaba de la mano de D. Francisco Calabuig, más conocido como “el sofo” entre los alumnos, gran profesor de Historia y entusiasta exaltador de las glorias patrias (¡cuánto bien haría que ese sentimiento fuera más general en nuestro país!), y, entre éstas, ocupaban un lugar de privilegio para D. Francisco, los tercios. Las clases de la Edad Moderna eran una sucesión de batallas, grandes gestas y destacados generales que las dirigieron, donde “el sofo” se inflamaba y exaltaba de ardor guerrero, de ahí su nombre, loando a esos prohombres. Grandes generales como el Gran Capitán, el Duque de Alba o Ambrosio Spinola, que, por las lecciones de este buen maestro, en la mente de unos chavales que prestaban atención a ratos, ganaban esas batallas casi como el Carlos en la batalla de Mühlberg de Tiziano, solos, encima de su caballo y armado con su pica.

Años más tarde, antes de ingresar en el Cuerpo de Inspectores, ya fuera por la edad o por la formación militar, esta idea de los tercios iba cambiando. Serví como alférez en el ejército. Durante la instrucción, mientras corríamos por los montes de Alicante y de Toledo, cantábamos, al modo que se ve en las películas americanas, diversas coplillas, aunque la mayoría de las nuestras tenían un mayor fondo que las peliculeras. Una de ellas era la poesía de Calderón “La milicia no es más que una religión de hombres honrados”, donde se ensalza por D. Pedro el honor, la disciplina y la abnegación de aquellos soldados de los viejos tercios de Flandes, compuesta en el momento histórico de mayor exigencia y esplendor para estos soldados. Orgulloso, como veterano, de su servicio, a pesar de haber sido, según parece, únicamente soldado raso, destaca el poema la suma de voluntades y sacrificios del soldado como argamasa de aquellas unidades poco menos que invencibles.

La imagen mucho más completa y exacta sobre lo que fueron y significaron los tercios la obtuve con un interesante estudio, escrito por Julio Albi y titulado “De Pavía a Rocroi”, donde se cuenta la historia en sus años de dominio en los campos de batalla del mundo entero (además de la conquista de América y las guerras contra el turco, es un hecho poco conocido que los tercios enfrentaron a samuráis japoneses en Filipinas, en la batalla de Cagayán, logrando una victoria incontestable, a pesar de luchar en franca inferioridad numérica).

Este libro describe, en fin, un cuadro completo. Desde luego destaca la habilidad de sus grandes comandantes y sus importantes iniciativas que influyeron en el desenlace de batallas decisivas, ya sea la salida oportuna de Leyva en Pavía, la carga loca e improvisada de Farnesio en Gembloux, o la toma de las alturas del Albuch por el Cardenal-Infante en Nördlingen. Pero no menos importante es que, junto a estos comandantes a los que conocemos por los libros de Historia desde el colegio, había otros profesionales, para los que la milicia era vida y, en muchos casos, muerte, y que eran la columna vertebral y los nervios de esos cuerpos militares. Entre ellos se han hecho famosos maestres de campo, al mando de un tercio que recibía normalmente su nombre, como Sandoval, Acuña, Dávila; también destaca la importancia de capitanes (sí, como Alatriste, no puedo renunciar a este pequeño homenaje, pues tanto el “jubilante” como yo mismo somos fieles lectores de D. Arturo Pérez Reverte, aunque confieso que lo que menos me gusta es precisamente la serie de Alatriste) y sargentos mayores, de los que muchos menos de sus nombres han llegado a nosotros, a pesar de ser el elemento estructural diferencia que hizo de los tercios la unidad imbatible durante los siglos XVI y XVII. Pero también describe este “De Pavía a Rocroi” la disciplina, los rigores, el valor individual, la abnegación y el sacrificio hasta extremos que calificaríamos hoy de fanático de los soldados, verdadera sangre y músculo de los tercios; imperturbables ante el momento de máxima exigencia, fieles hasta la muerte a su honor individual, sufridos y abnegados con el compañero. Entre ellos salieron los protagonistas de otras grandes gestas individuales que, a pesar de no ser tan recordadas como las mencionadas en libros escolares, no fueron menores. Y es que, como diría en su famoso brindis D. Diego de Acuña, capitán de los viejos tercios y poeta, todos fueron tentados por esa empresa loca, que, perdiendo, ofende a todos; que, triunfando, alcanza a nadie.

La imagen no es ya Carlos triunfante y solo, es el cuadro de Ferrer Dalmau con la seriedad del último tercio en Rocroi, esperando, impertérritos, la carga de los franceses, seguros de su destino y resignados al mismo, pero sin más alternativa posible que seguir en pie cumpliendo con su labor hasta el último momento, pues cualquier otra cosa sería una mancha en su dignidad y honor.

Se va un gran capitán de los tercios de la Hacienda, fiel hasta el último momento a su trabajo, imperturbable en su diaria dedicación, no por una exigencia externa o la espera de una recompensa, sino porque tal ha sido su honor durante más de cuarenta años de desempeño y al mismo se debe hasta el último día sin mancha, atento a los expedientes, firme en el estudio y actualización, y, lo más importante, con ilusión por su trabajo, pese a quien pese. Deja un puñado de amigos que lo apreciamos y admiramos, y ningún abrazo falso. Sangre, nervio y cerebro de la Hacienda Pública.

Un honor haber trabajado con Nicomedes López.

Javier Bas Soria. Inspector de Hacienda del Estado

*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE 

 

 

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