El dulce sabor de la victoria
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Hoy, como se imaginarán todos aquellos que leen estas pequeñas reflexiones que, de cuando en cuando, dejo en este blog, estoy muy contento. No me duele menos la espalda cuando acabo de usar el ordenador, no me ha crecido una muela en el hueco que me dejaron después de una intervención hace unas semanas, y tampoco se han solucionado los problemas que tenía anteayer, nada de eso ha pasado; pero el Valencia Basket ganó, por segunda vez en su historia, el título de la liga ACB, y yo no puedo evitar estar contento hoy.
Gracias a mi gran amigo Carlos, abonado histórico nº 1 del Club y que sabe mucho más de baloncesto (y de impuestos) de lo que reconoce, pude disfrutar en directo de la conquista del título en Barcelona y del dulce sabor del triunfo. Unas semanas antes había estado con Elvira, mi mujer, en Atenas, donde tuvimos que tragar el amargo sabor de la derrota, encima en una dura semifinal contra el Madrid, que nos fundió los plomos. Esa es la vida del aficionado.
Como pequeña nota crítica a mi afición, la del Valencia Basket, les cuento que, eliminado nuestro equipo por el Madrid en esa semifinal, nos tuvimos que quedar a una final entre éstos y Olympiacos, que, en el mejor de los casos, ni nos iba ni nos venía. Aunque no tengo ni un ápice de simpatía por el Madrid, no puedo entender la razón por la que muchos aficionados de nuestro equipo se compraron camisetas del Olympiacos y les apoyaron, como si fuera su equipo, en ese partido. Los griegos ni son una afición amable, ni respetuosos con los visitantes, son de los grandes beneficiados, injustamente, por los árbitros, incluso nos van a robar a nuestro mejor jugador, lo que ya se sabía al jugar la Final Four y que, sin duda, descentró a Montero. No dejan de ser exactamente las mismas razones históricas por las que no nos gusta nada el Real Madrid (ni el Barça, que es igual). Lo menos malo que puedo pensar de tales aficionados es que se dejaron llevar por el dominio abrumador de la afición que era local en ese partido, pues siempre es más fácil dejarse llevar que mantenerse en lo que debe ser, remando contracorriente.
¿Cuándo habré dicho yo eso antes? ¿Cuándo habré visto que criticar, aunque no quieras otra cosa que mejorar lo propio, es un deporte de riesgo? En fin, ya soy muy mayor para cambiar; y sea usted funcionario de Hacienda o aficionado al basket, pregúntele a De Gaulle de qué hablo, e intente aprender algo, que esto no son solo impuestos.
Vaya, en este momento, mi reconocimiento a la afición del Barça, que apretaron lo suyo, como tiene que ser, pero se comportaron con un respeto exquisito con quienes estábamos allí de visitantes, a pesar de que intentáramos animar también lo más que pudimos a los nuestros; incluso tuvieron el gesto de caballerosidad de quedarse, muchos de ellos, a ver como recogía el Valencia campeón la copa. Posiblemente sea el equipo que me cae más antipático, pero ¡olé! a esos aficionados.
Victoria y derrota son los componentes esenciales del deporte y así lo entienden los deportistas, tanto los que ganan como los que pierden; mucho mejor de lo que lo hacemos los aficionados, posiblemente porque para nosotros una y otra son pasión y esperanzas florecidas o marchitas sobre las que no tenemos ningún control, mientras que para el deportista son la suma de aciertos y fallos de uno y de otro, incluso, cuando lo analizan fríamente después, reconocimiento de la superioridad del rival.
También éstas son lecciones que pueden ser importantes. Nos dedicamos a los impuestos, son nuestra vida, pero no pueden ser una pasión. Hacemos las cosas lo mejor que podemos, pero hay veces en las que acumulamos más errores que aciertos, o peor aún, dejamos los suficientes resquicios para que se cuele quien es mejor. Aprendemos y seguimos adelante y no nos tomamos la derrota como un hooligan; los impuestos son así y no los vamos a cambiar.
Luego del triunfo, la explosión de alegría, el equipo en las gradas con los aficionados, y todo el mundo celebrando. En el éxtasis, la afición cantaba a algunos de nuestros jugadores destacados, Montero, De Larrea y Key, cuyos nombres aparecen vinculados con otros equipos para el año próximo, que se quedaran, incluso podía oír a quien comentaba que, con la victoria, igual estos jugadores se planteaban su marcha.
No sé cuánto cobran ahora mismo, ni cuanto les ofrecerán esos equipos, salvo en el caso de De Larrea, elegido por Dallas en la posición nº 25 del Draft de la NBA, y que, con la claridad con la que se habla de dinero en el mundo de comerciantes anglosajón, dicen que su contrato de novato y por su posición será de hasta 16,2 millones de dólares por 4 años. Una cifra astronómica, sí, muy por encima de lo que puede pagar Valencia Basket seguro, que le permitirá multiplicar varias veces su sueldo actual, aunque ya sea elevado. Además del sueño de jugar en la mejor liga del mundo y la ventaja añadida de hacerlo en un Estado con una tributación muy reducida.
¿Alguno de ustedes no elegiría esa opción? Si me dicen que no, no les creo, lo siento. Poco más debo añadir, quizás únicamente que, por el efecto de la imposición, los equipos españoles ubicados en territorio común son los que menos proporción del gasto en salarios entregan a sus jugadores. Es verdad que ganan mucho dinero, pero los impuestos son, como nos decía Genma hace pocas entradas, asfixiantes.
Dos situaciones y dos caras. Darius Thompson, un gran jugador, ya veterano y con un gran bagaje a sus espaldas, uno de los mejores contratos del Valencia, que, en principio, debía extenderse dos años más, aunque parece que se irá, con otro contrato lucrativo, a Milán, equipo de Euroliga. Isaac Nogués, un joven que empieza, con evidentes lagunas en su juego, aunque también con ciertas cualidades muy utilizables por el equipo. No tiene su futuro resuelto, ni mucho menos, dudo que tenga equipo para el año que viene y aunque novias no le faltarán, dudo mucho que firme un contrato muy lucrativo. Ni uno ni otro se han vestido para jugar en la final. Los dos estaban con su réplica pequeñita de la copa de campeones que recibieron todos los jugadores. Uno exultante y otro abatido.
Nuestro quehacer ve la realidad bajo un prisma de impuestos y no todo son impuestos en la vida. Es verdad que hay decisiones que, si no existieran los impuestos, no se tomarían o parecerían absurdas; hay situaciones que son absurdas, y que, sin embargo, son el elemento objetivo del hecho imponible. Si no supiéramos nada más y solo viéramos la celebración de Darius e Isaac, ¿acertaríamos quién es quién? Lo mismo nos ocurre si solo vemos impuestos en todos los hechos de la vida, aunque sobre todos apliquemos los impuestos.
Llegamos ahora a Pedro Martínez, entrenador del equipo. Ya saben ustedes que no es santo de mi devoción. Ciertamente debe leer “No solo impuestos”, porque después de mis críticas, exactamente después del primer partido de la final, ha dejado un poco aparcado su “libro inmutable de planes de partido” y ha empezado a dirigir los partidos, con acierto, además, manteniendo casi siempre a varios creadores a la vez en cancha, exprimiendo los minutos del quien estaba acertado y buscando una solución diferente a cada trampa que le planteaba Xavi Pascual, que no han sido pocas. Tiene dos ligas, las únicas dos que ha ganado el Valencia Basket, y además su libro ha llevado al equipo a un momento de forma extraordinario en la final, que es cuando más importa, con lo que es fácil pensar que el equivocado soy yo. Carlos así lo piensa, y sabe más de basket de lo que dice. Pero, como siempre respondo yo, es posible que esté equivocado, pero demuéstrenmelo; ciertamente los tres partidos ganados en la final son una prueba en mi contra, pero eso también lo he reconocido yo, y yo pido una obra entera, no tres escenas del último acto. Ojalá me trague mis palabras y esos tres partidos se repitan después de una temporada de libro inmutable.
A pesar de mi amargura con el entrenador del Valencia Basket, no soy especialmente dado a hablar de los “entrenadores”, ni cuando creen que lo saben todo sobre el “equipo”, ni cuando quieren que el equipo solo juegue con el sistema que hay en su libro. No sé si soy Sako o Badio, no si por quedarme corto o por irme a por demasiado, pero sé que difícilmente entro en ese Libro inmutable. Igual le pregunto a Rommel, igual acabo como acabó Rommel, no sé.
No puedo acabar la reflexión sobre la victoria del Valencia Basket sin hacer una mención al gran estreno de esta temporada, un pabellón impresionante, el Roig Arena, que se engalanará para siempre con este título conseguido en su inaguración. Un regalo extraordinario de un gran empresario a su ciudad, a la que una y otra vez demuestra un gran amor.
Una sola reflexión, absténganse los de siempre de criticar.
Cuando los hijos traen, con toda su ilusión, un dibujo en un cuadro de macarrones, lo recibimos con alegría y lo guardamos como un tesoro, de hecho, yo tengo uno en el trabajo que muestro con orgullo. Posiblemente los de siempre lo tirarán a la basura, por eso son los de siempre.
Da igual que el Roig Arena no sea lo que hubieras elegido para la ciudad, un regalo es un regalo, y como en tantas cosas, saber recibir y agradecer como se debe un regalo también es una muestra de que tipo de persona eres; pues quien regala lo hace como cree que mejor demuestra su afecto.
Como este blog no es basketmaniacs, sino “No solo Impuestos”, he intentado hablar de algo que no sea solo el Valencia Basket y su segunda liga. Como dirá mi hija y compañera Sandra, deja ya de hablar de basket, que esto va de impuestos, y a ti no te preocupan ni la mitad que el basket. Y como diría el Lobo de la calle Alcalá, hoy aullamos a la luna en honor al equipo campeón, ¡Valencia Basket!
Javier Bas Soria. Doctor en Derecho. Inspector de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE