La distopía en la fiscalidad interna e internacional: entre “1984” y “Un mundo feliz”
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1984 es, sin duda, una de las novelas más afamadas e influyentes del siglo XX. Una distopía sobre un Estado opresivo y controlador, que vigila a sus ciudadanos hasta en sus pensamientos de forma permanente, que bombardea sus mentes tratando de ocupar y sustituir su voluntad, que reescribe la historia a su gusto y que, si a pesar de todo detecta la más mínima desviación, actúa de una manera terriblemente represiva.
George Orwell era socialista y, a pesar de ello, aunque hablamos de distopía al definir esta obra, el autor estaba describiendo el socialismo implantado en Rusia, y que él conoció de primera mano cuando el socialismo intentaba colonizar España durante la Guerra Civil.
No fue esta la única vez que demostró su asqueamiento con el socialismo. También en Animal Farm, calificada nuevamente como distopía, aunque para mí sea más bien una fábula, atacó duramente la materialización práctica de las ideas que un día le habían seducido.
Un mundo feliz, de Aldous Huxley, es, hasta cierto punto, el contrapunto distópico de 1984. En este caso se trata de un mundo industrial aparentemente perfecto, en el que ha desaparecido la necesidad; donde cada individuo se ubica en un estamento social jerarquizado e inmutable (denominado cada uno de ellos por una letra griega, desde el Alfa para los destinados a dirigir, a los Épsilon, que son el escalón inferior, destinado al peor trabajo y vida), al que está destinado desde su nacimiento, y que asume su condición con un estado de felicidad inducido mayormente por las drogas facilitadas por el Estado que anulan su voluntad (el soma). Indudablemente, esta sociedad supuestamente perfecta tiene sus cosillas, como la destrucción de la relación familiar, la desaparición del amor, la diversidad o la cultura. Aunque esta obra ha sido destacada, en ocasiones, por anticipar realidades que el tiempo ha hecho realidad, como la reproducción asistida, realmente su mérito es describir una estructura social opresiva, absolutamente indeseable, de atontamiento individual.
Donde 1984 despedaza al socialismo, Un mundo feliz es una crítica de la sociedad de bienestar y consumo desarrollada desde el capitalismo (no en vano el año cero de esa novela es el nacimiento de Henry Ford, el inventor de la producción en cadena); donde en una el control es pura brutalidad y miedo, en la otra es la aniquilación de la individualidad y la capacidad individual de elegir; donde en una la desviación es riesgo y ausencia de futuro, en la otra es anestesia y falta de capacidad. También es verdad que una se basa en lo observado sobre su desarrollo real y la otra es aparentemente una invención, o no, pues desde luego el desarrollo que estamos viviendo de nuestra sociedad se parece bastante a lo anticipado por Huxley, aunque la droga de control sea una pantalla de cristal a través de la que se sorben las ideas de los ciudadanos.
En muchas ocasiones tengo la sensación de que algo similar ocurre con el Derecho tributario, en el que caminamos por dos caminos divergentes y aparentemente distópicos, aunque absolutamente reales, que parecen inspirados por estas obras literarias.
Para la mayoría de los ciudadanos, el tributo es una realidad que preside su vida cada día desde que despierta y hasta que se acuesta, o incluso más, hasta mientras duerme y aun si un día, tumbado en su cama, deja de vivir.
El Impuesto sobre la Renta grava nuestros rendimientos, hasta alcanzar marginales tan elevados como en la Comunidad Autónoma desde donde escribo, en la que el Estado es un socio que reclama más de la mitad de cada euro adicional que ganas. Pero, como sabemos de sobra, eso no es todo. Es una realidad que una gran parte de lo que ganamos lo gastamos, y cada euro de gasto está gravado por el IVA. Aún más, si el gasto lo realizamos en según qué bienes, además del IVA tenemos que pagar los Impuestos Especiales u otros tributos, como AJD si compramos un bien inscribible en un registro, como una casa. Si, a pesar de todo, consigues ahorrar parte de los rendimientos y adquirir una cierta cantidad de bienes, el Impuesto sobre el Patrimonio viene a reclamar su parte. Hasta cuando te mueres, si algo has dejado, llega el Impuesto sobre Sucesiones. Por no hablar de los impuestos que se nos repercuten en la sombra, sea la repercusión en el precio de la luz de las compensaciones a las energías verdes, el saneamiento en el precio del agua o el impuesto del plástico que llega escondido en el precio de una bolsa de verdura.
Este entramado no se sostiene sin su propio “Ministerio del Amor”, como sabemos los que trabajamos en la Administración tributaria. No es la obligación de pago, que por supuesto debemos cumplir religiosamente; es el Gran Hermano orwelliano, siempre vigilante, reclamando una nueva declaración informativa, enviando un requerimiento de información o remitiendo una orden de embargo de créditos.
Y como tengas la desgracia de entrar en un procedimiento de comprobación, especialmente los de gestión, ya sabes que estás entrando en la habitación 101 de ese Ministerio del Amor…
A diferencia de esto, para las grandes compañías multinacionales el tributo es simplemente un mundo feliz. Allí donde el ciudadano respira impuesto, la compañía multinacional vive en una feliz arcadia presidida por el principio de arm’s length, donde escapar de la asfixia fiscal es tan fácil como conceder un préstamo participativo a una empresa del grupo y retribuir el mismo con una participación en beneficios sustanciosa, que por supuesto siempre tendrá un comparable en la base de datos Bloomberg; percibir un royalty por la cesión de una marca, un nombre comercial, un procedimiento interno secreto o cualquier otro intangible, de casi imposible valoración, y que sin embargo aparece en IPIQ para confirmar su precio; o simplemente intercambiar las mercancías producidas, cuyo coste es una realidad insondable, a un precio que resulta difícil de deducir si es efectivamente su valor de mercado, pero que casualmente Orbys confirma con un “TNMM Benchmarking”.
Habrá quien me contestará que el Gran Hermano también está aquí, con su requerimiento del master file y del local file, con el CbC, incluso con nuestro “envidiado” por otras Administraciones modelo 232. Pero realmente este es el soma con el que nos contentan a la Administración tributaria, una droga para generar una apariencia de grandes cumplidores, de completos colaboradores, y que lo único que pretende es que cada casta se mantenga en su sitio y función.
Y sí, no crean que es de otra forma. Los Alfa está claro quiénes son. Los Beta son toda la pléyade white-collars que generan esos informes, que idean las estructuras y contratos de las que se sirven las empresas, que las representan; todo a cambio de unos generosos honorarios que, si bien no los suele sacar de su propio mundo de 1984, les genera una ilusión de proximidad al mundo feliz.
Los Gamma son los tontos útiles de todo este entramado. Sean la OCDE, que recoge unas Directrices completas para que la actuación en este mundo esté aparentemente ordenada, aunque realmente esté marcada y limitada, y cuyo fin último es que, si te separas un solo paso de su camino, o aun sin hacerlo, si consigues llevar adelante la conclusión que nunca quieren que alcancemos, acabes en cualquiera de las trampas con las que el Alfa siempre gana. Sean países aparentemente formales y serios, generalmente con una tradición ancestral de corsarios y piratas, normalmente respetables anglosajones o países en los que han estado estos, que siempre están a la que salta con un procedimiento amistoso, solo de nombre, dispuestos a señalar a España o cualquier otro país como un descarriado que no respeta los estándares internacionales (recuerden, por ejemplo, el Spanish approach al concepto del establecimiento permanente, que nos comentara Javier Bas en este mismo blog). Seamos, incluso, aquellos de nosotros que asumimos, a veces con notable grado de autocomplacencia, ese marco para nuestras actuaciones o las de los compañeros.
Los Delta somos, sin duda, la Inspección, pensando que estamos comprobando cuando solo estamos siguiendo el juego de los Alfa.
Y los Épsilon, siempre los mismos, el españolito de infantería encerrado en su mundo de 1984 y que ni siquiera sueña con ese mundo feliz.
No se crea, quien hasta aquí haya llegado, que mi aullido de hoy preferiría llevar a las grandes compañías a 1984; y es que vivir en 1984 no supone amarlo. No, mi gran deseo sería suprimir 1984 para nosotros, arrastrar a ese sumidero a los políticos, controlar el gasto, que crece desmesuradamente para ofrecer más ocasiones de robar disimuladamente y de mantener a vagos y maleantes que les votan, y que con menos impuestos pudiéramos mantener un mundo más normal; y que los Alfa, bueno, no sé, o no quiero decir, que con ellos nunca se sabe lo que leen y lo que cazan; o quizá sí, solo pediré en esta carta distópica a los Reyes Magos que pongan a José Luis Torrente de presidente, como ocurre en otra distopía muy real, demasiado real.
Si quieres, puedo hacer también una versión estilísticamente más potente, más institucional, más literaria, o más irónica.
Por El Lobo de la calle Alcalá.
Qué buena metáfora. Una delicia de texto. El final es sublime. ¿Claude o ChatGPT 😉 ?
Me ha encantado este análisis. Pone palabras a una sensación compartida: la fiscalidad se mueve entre distopías que conviene entender para poder corregir. Una reflexión necesaria y muy bien construida.
Da gusto leerle!!
Siempre atinado, demostrando una gran cultura.
Gente como usted debería estar dirigiendo este país
Qué buena tu disertación y qué bien referenciada! Da gusto leer tus artículos en este blog. No puedo estar más de acuerdo con lo escribes en este, y en casi todos los anteriores (tampoco hay que ser adeptos sectarios) Me gusta, además, compartirlos con gente que no es del gremio, para que vean que no somos como nos imaginan. Me da que este lobo, tan tan solitario no es, y que realmente existe una manada considerable, aunque no aullemos mucho… saludos.
P.D.: Muy acertada la fecha de la publicación… en la noche de san Juan, al menos aquí en Galicia, sabemos que, con un buen conjuro, todo es posible 🙂