Un equipo de estrella (y ya van dos). El triunfo del orden frente al caos
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El domingo se alzó con la Copa del Mundo un gran equipo, una selección, un país entero que animaba cada pase, cada carrera de los extremos, cada ataque y cada parada.
Al final se cumplieron las cábalas, y un mediocre resultado contra Cabo Verde, sirvió de revulsivo para que España brillara por su buen juego, y por destellos de genialidad, como los goles de Merino al final de los partidos.
Destellos de algunos futbolistas que son el resultado de un engranaje bien construido y cuidado por su seleccionador. Cada futbolista aportó su juego y todos contribuyeron en cada partido a poner una piedrecita más en el camino a la final.
Y junto a ese buen juego, el impulso de todo un país que lo anima desde cada rincón de España y del mundo. Así destaca uno de nuestros lemas, que demuestra la fuerza y el empeño que todos ponemos: “¡A por ellos!”
Atrás queda el partido con una superada selección francesa. Las genialidades de algunos de sus jugadores no fueron suficientes contra un conjunto que trabajaba codo a codo, defendiendo la portería y subiendo el campo para generar ocasiones de gol.
Aquel partido fue un auténtico manual de fútbol. España jugó con fluidez, velocidad y garra todo el tiempo, y nos colocó con un puesto en la final. Una final a la que también llegó Argentina, habiéndole sonreído un azaroso final en su partido contra Inglaterra, al igual que le sucedió con Egipto. Pocos equipos pueden darle la vuelta a un partido en los últimos minutos. El seleccionador inglés ya lo conocía de cuando perdió en Champions contra el Real Madrid.
No obstante, aunque el azar es importante, no lo es todo. Inglaterra no supo aprovechar su ventaja y se encontró con un fuerte rival que sacó rédito de sus oportunidades.
Y, finalmente, el domingo, el partido decisivo hablaba español. “O deporte rei” se sufría, se gritaba, y se vivía con pasión, a los dos lados del charco y en todo el globo.
España se enfrentó con la intratable Argentina. Era una final de fútbol, pero se vivió un encarnizado combate en el que un equipo hacía todo para ganar (más bien parecían que practicaban un deporte diferente, véase artes marciales) y otro lo hizo todo para, finalmente, vencer, con buen juego, remontándose ante un gol anulado, un fuera de juego que nos devolvió a la agonía, y ante un juicio arbitral que frente a la violencia gratuita albiceleste no tuvo más remedio que sacar tarjetas y señalar una correcta expulsión.
El partido parecía una lucha contra el caos, un caos organizado, que no permitía el juego en un césped seco en el que no corría el balón. Un caos que buscaba facilitar las oportunidades de que Messi y los suyos hicieran alguna genialidad como ante Egipto e Inglaterra. Pero ni Egipto ni Inglaterra eran España. No sé repitió el manual. La victoria llegó gracias al orden, a la inteligente dirección del seleccionador, haciendo los cambios necesarios y apropiados.
Y así vino el gol, el gol que nos llevó al titulo, el gol que nos recordó al marcado por Iniesta dieciséis años antes, en un minuto 116 -ahora 106-, al borde del sufrimiento, con escaso tiempo para cerrar la prórroga, que levantó el grito de victoria de todo un país, de una gran nación, de todo español que a lo largo y ancho del mundo festejó el triunfo del buen fútbol, del esfuerzo de un gran equipo, cada uno en su papel (fantástico Rodrigo en el centro, Cubarsí detrás, que voló literalmente por los aires ante una falta de los argentinos, Cucurella corriendo por la banda,…), todos a una luchando por el campeonato.
Y al final ganó el buen juego (20 tiros a puerta, frente a 2 de Argentina), la clase (las 4 amarillas y una tarjeta roja indican el nivel de nerviosismo de los argentinos) y el espíritu luchador de una selección que no se rindió y se alzó con justicia con la Copa del Mundo por segunda vez.
España se ha encontrado en su camino con tres estrellas rivales que no llegaron a despuntar (Cristiano, Mbappé y Messi). Tres estrellas que se deshicieron frente a veintiséis futbolistas convocados que, juntos, cosieron cada pase, cada ataque y cada parada, para enhebrar el hilo de la victoria que aportó la segunda estrella junto al escudo español.
España acabó demostrando que el trabajo conjunto, unido, ordenado, y con un objetivo claro, fue capaz de vencer a grandes rivales, encumbrándose, con derecho propio, en lo más alto del fútbol mundial.
Viva la selección, viva España y disfrutemos de la merecida victoria de este mundial, que nos convierte en los únicos bicampeones del actual milenio.
¡Vamos España! ¡A revalidar el título en 2030!
Antonio Morales Martín, Inspector de Hacienda del Estado.
*Todas las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE