Propuesta de un sistema de acceso al Cuerpo Superior de Inspectores-oveja de Hacienda del Estado
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A estas alturas, todos sabemos que Función Pública pretende aplicar un profundo lavado de cara al sistema de acceso, por oposición, a los distintos cuerpos y escalas de la Administración General de Estado. Agitando su estropajo de metal quiere que, de ahora en adelante, el funcionario resulte proactivo, sinérgico, resiliente (y, por qué no, digo yo, también Vicente, que rima en consonante). En una palabra, que presente las hechuras de una ovejita feliz, paciendo inconsciente y tontuna en la Viña del Señor. El Señor no es el de los Cielos sino el de Aquí Abajo. Aunque cambia de forma a cada tanto, en esencia es siempre el mismo.
Función pública ve con malos ojos a los actuales inspectores. De ahí su propuesta. Son antiguallas del Cretácico que pululan, renqueantes y cargadas de años y arrugas, por los pasillos de la Administración tributaria española. Sin ningún miramiento, se dejan ver en ellos con sus cuerpos a rebosar de VOR (valor objetivo de retribuciones), en permanente riesgo de explosión, de tan hinchado como lo tienen.
Para ello, ha diseñado un sistema basado en un test y una entrevista. La entrevista, la verdad, no sé si continúa en su cartera de deseos. Por si acaso, asumiré la hipótesis de que sí. Supongo que, entre una y otra prueba, en el caso del Cuerpo Superior de Inspectores de Hacienda del Estado se habrá planteado preguntar algo sobre impuestos. Si lo ha hecho, debe rectificar de inmediato. Sería un error. Un Inspector de Hacienda Ovejuno no necesita saber nada de hacienda. Para eso ya está la IA (el único amo del próximo mundo y fuente del auténtico horror). Con el test y la entrevista, sobra.
El test, por supuesto, debería centrarse en cuestiones importantes, como, por ejemplo, en qué equipos ha jugado no sé qué futbolista o en cuántos circuitos ha corrido Alonso. Si acaso, podría plantearse también alguna cuestión relativa a presentadores de televisión que hayan sido incluidos en el listado de morosos de Hacienda. Pero nada de meterse en honduras sobre inversiones de sujeto pasivo, consolidación de dominios desmembrados, erosión de bases imponibles y zarandajas parecidas.
En la entrevista, por su parte, se formularían preguntas del tipo “A usted, ¿qué tributo le gusta más, el IRPF o el ITP? No razone la respuesta”.
Estas dos partes deben ser, de todos modos, espuma de mar. Las finas cubiertas de barato pan de molde de un sándwich cuyo meollo (la mezcla, vaya) paso a describir.
La franja central de la prueba de ingreso debería presentar la contundencia necesaria. Sería jamón del bueno: cinco jotas y seco como mojama añeja. Los retos que están por venir lo exigen. La basaríamos, por este motivo, en la física de la electricidad. ¿Cómo? Sí, sí, en la electricidad. El fluido eléctrico es como el agua. Si trato de llevarla desde un depósito que tiene mucha a otro que contiene poca (diferencia de potencial alta), su transporte será cosa hecha. También, cuanta más agua corra por la tubería (intensidad), más probable es que, generada en el centro del sistema, anegue, inunde, la periferia a la que debe llegar. Esto es sabido y no ocasiona demasiados problemas. La cabeza pensante puede modular ambas magnitudes a voluntad. El escollo viene cuanto tomamos en consideración un insoslayable tercer elemento: mucha diferencia de potencial y alta intensidad quedarán en nada si la rugosidad de la tubería es también, correlativamente, alta. En materia eléctrica, esa rugosidad se llama resistencia y se mide en ohmios, por el físico alemán Georg Simon Ohm (1789-1854).
La resistencia al avance de la corriente eléctrica generada por el centro es cosa peliaguda, de mucho fuste. Ahí, por tanto, es donde hay que formar verdaderamente a los aspirantes a ingreso. Deben saber que muchos ohmios son incompatibles con un trasiego profesional exitoso. Porque no es cuestión de ir quitándolos del camino conforme vayan saliendo, como si se tratara de migas electromagnéticas (resultaría agotador).
Aunque todo esto tiene un problema. El cretino que logre superar semejantes barreras de ingreso creerá, al igual que los actuales funcionarios, que no le debe nada a nadie. Los estómagos bien alimentados no siempre son agradecidos en la medida en que sería de esperar. No en vano el cretino, generalmente es necio también.
Por ello, el éxito del nuevo sistema hay que librarlo, más que nunca, a la fase de prácticas posterior a la superación de la pseudo-oposición. Debe rodearse de saludables y férreas cautelas. Ahí es donde hay que echar los higadillos. Mediante talleres-casquería en los que se desarrolle la clase de experimentos de psicología conductual que Páulov introdujo en el mundo de la fisiología animal a principios del siglo XX.
Durante el curso de prácticas, el aspirante a funcionario de carrera debería quedar permanentemente sometido a un bombardeo sonoro. Todas las mañanas tendría lugar la misma liturgia orwelliana: se le irían mencionando nombres al azar, en sucesión vertiginosa. Cuando uno de ellos fuera “Ohm” experimentaría una leve, pero molesta, descarga eléctrica. Tras repetir la prueba muchas veces, llegaría a sentir el picor del electrón antes de que la llave del cátodo se abriera. De hecho, no sería necesario ya ni tan siquiera darle a la llave. Bastaría con la sola mención del alemán.
La dureza de este procedimiento no debe tener límites. Hay que lograr que los aspirantes, tan pronto escuchen el apellido Ohm, sientan arcadas. Que experimenten una fiebre súbita de varios grados y comiencen a sentir en las entrañas el abrasador Fuego de San Antonio.
Una vez forjado en el yunque de este decimotercer trabajo de Hércules, estaría garantizada, por término medio, la confiabilidad del producto. Aunque los controles de calidad actúan por procedimientos estadísticos y no siempre logran detectar todas las deficiencias. Para el caso de que hubiera alguna, entraría en juego la figura axial de la nueva función tributaria: el Recuperador de las Conductas Aprendidas. Habiéndosele comunicado una resistencia mental, acudiría al despacho del afectado y le susurraría, con calidez, una letanía cursada directamente al núcleo de su subconsciente: “Ohm, Ohm, Ohm …”. Es casi seguro que, a renglón seguido, la oveja descarriada volvería mansa al redil. Y, de paso, el Señor de Aquí Abajo alcanzaría dignidad celestial. Porque habría hecho cierto, una vez más, el Evangelio: “Una palabra tuya, Señor, bastará para sanarme” (Mateo 8:8-9).
Amén.
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
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