Un blog de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE)

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Las aves del César

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Hace años conocí a un hombre. Me confesó que tenía una afición curiosa: leer el Boletín Oficial del Estado. Lo hacía en papel. ¡Aquél papel! Su fino gramaje de hoja de biblia le producía sanos escalofríos al tacto. “En el BOE está todo”, solía decirme. Prefería acceder a textos de primera mano que manejarse con copias derivadas, susceptibles de errores y, quizá, de interpretaciones.

Recientemente nos vimos por casualidad. Fue un reencuentro emotivo. Recordamos años de juventud y estudios compartidos. Después de aquellos tiempos, cada uno marchó a lo suyo. En mi caso fueron las oposiciones. Unas de verdad, no como ésas que quiere sacar ahora el Gobierno, más lights que un palet de Coca-Colas ídem, que le permitirán colocar en la Administración a su caterva de paniaguados.

– ¿Todavía lees el BOE? -le pregunté.

Me respondió afirmativamente. Llegó a pensar que constituía una adicción. Algunas consultas médicas, despachadas a tiempo, lo sacaron de dudas: no era boe-dependiente.

– ¿Y qué dice últimamente? -seguí queriendo saber.

– Cosas de lo más curioso. Habla de asuntos que en la práctica se resuelven por los tribunales de forma muy diferente a como él los define.

– Doctores tiene la Iglesia …-me atreví a completar.

– Pintores, no doctores, diría yo –me corrigió-. Le dan color azul a lo que es manifiestamente rojo, verde a lo que apunta blanco … Así, sucesivamente. Son incansables. Recorren, a derecha e izquierda, el espectro electromagnético al completo. Sin dejarse vencer nunca por el desánimo.

El tiempo transcurrido, la alegría de volver a vernos y el hecho de que fuera sábado, nos permitió tomarnos un café. Hablamos de muchas cosas. Admito que sus reflexiones me dejaron perplejo. Y también, pensativo. Mi amigo, desde luego, no se anda por las ramas.

Me vino a decir que, cada día que pasa, los tribunales de justicia se lo ponen más difícil a los órganos encargados de la aplicación de los tributos. Que añoraba, como Juan de Mena en su Laberinto de Fortuna, los tiempos pasados. Todo resultaba enormemente más fácil entonces. Se descolgó con un pareado suyo:

– ¡De fechos pasados cobdiçia mi pluma/e de los presentes, fazer breue suma!

A su juicio, los tribunales libran al dios de sus entenderes lo que no se entiende más que desentendiéndose de todo. El pensamiento discurre por los vericuetos de sus cerebros dopados de tal manera, que ni Triptólemo pudo imaginar semejantes laberintos para sus iniciaciones eleusinas.

– Son mentes-batidora que ofrecen cremosos postres de fantasía a paladares agraciados por la pura chiripa de una mesa de billar mal falcada. Han leído, acaso, a Copérnico, y creen que aquí abajo es como allá, en las alturas sidéreas: todo giro y revolución. De los astros se quedan con la astracanada, y de los soles, con soliloquios. Imaginan polifemos donde ni siquiera hay campo yermo en que erigir molinos. Toman por viento lo que apenas es brisa desbravada. Por exceso de Digesto, han cogido una indigestión. Llaman noche al día y a la noche, ni siquiera mañana: sólo madrugada. Leen en la ley lo que no está escrito en ella ni con tinta de limón.

– Vaya, por Dios …

– De tanto hundir los ojos en libros de fiscalería, se les ha aquijotado el seso. Mientras otros discuten si el perro, que es solo perro y nada más que perro –¡perra vida!–, es galgo o podenco, ellos, por Úbeda o Antequera (todos los caminos llevan a la Sala de su Roma), zanjan el asunto considerándolo felino y no cánido. Por sus santos bemoles, que cogen prestados de cualquier incunable de música sacra.  Toman por lecho de los dioses el catre de Procusto; laderas arrasadas por el fuego son, en su ideación, rutilante Monte Olimpo, Parnaso reverdecido. Desde sus alturas supremas miran hacia abajo con ojos embarrados en una cercanía alucinada.

-“Te pasas un poco, ¿no crees?”- le recriminé.

– En absoluto. Ni en las cortes de Constatino VII, Porfirogéneta, o Juan V Paleólogo …

Particularmente –me decía–, el Tribunal Supremo cambia, cada siete por ocho, de criterio.  Y eso, adquiere tintes agónicos cuando se analiza desde la perspectiva del derecho transitorio. Si de operar a futuro se trata, cada vez que modifica su pensamiento, basta con adaptarse al nuevo razonamiento. El problema no radica ahí, sino en la obligada mirada retrospectiva. En el ámbito tributario, las únicas reformas que despliegan efecto retroactivo son las que, afectando al régimen de recargos, infracciones y sanciones, resultan favorables al contribuyente, con el único límite de los actos firmes.

– Entonces, eso regirá también para los cambios de criterio, ¿no? –opiné yo.

– No, porque son eso, cambios de criterio, no cambios normativos. Y la retroactividad se predica de estos últimos solamente.

– O sea, que bajo el argumento de que no es procedente cubrir con el manto de la retroactividad los cambios de criterio, se puede aplicar retroactivamente toda doctrina favorable al contribuyente, aunque no afecte a recargos, infracciones y sanciones.

– Así es. El art. 10.2.2º de la Ley General Tributaria es un chicle cuyo sabor no se termina nunca, por más que lo mastiques. Es texto escrito en papel de letrina. ¡Mejor sería derogarlo! A golpe de revisión continua, el quehacer diario de la Administración Fiscal va a quedar reducido a la nada. Si la frecuencia de los cambios de interpretación se incrementa hasta acompasarla a los tiempos medios de resolución de recursos y reclamaciones, los expedientes administrativos terminarán por no prosperar jamás. Al no ser firmes todavía, al cambio de turno de criterio, se verán afectados por la no retroactividad (que sí lo es) anudada a ese cambio. Una concatenación infinita de sucesivas alteraciones interpretativas hará que el Fisco mantenga la cabeza baja permanentemente.

Había dos cosas en su razonamiento que no entendía yo. En primer lugar, me planteaba, con ribetes cuasi metafísicos, cómo puede exigirse a la Agencia Tributaria que dicte sus actos de hoy con criterio de mañana. ¿Quizá, haciendo un regreso al futuro, a lo Michael J. Fox? La segunda, bien asentada, por el contrario, a este lado de la física, qué le iba ni le venía a él en el asunto. Le hice partícipe únicamente de esta última.

-Me va y mucho. Carreteras, hospitales, escuelas y demás servicios públicos se pagarán entonces con dinero del Monopoly y fichas de plástico de los autitos chocadores.

-¿Autitos chocadores?

-Es como llaman en Argentina a los coches de choque.

-Bueno, pues si es lo que hay, poco podemos hacer nosotros –emití un juicio obvio.

Pero no era fácil hacerle callar. Me puso algunos ejemplos. La responsabilidad tributaria, que hace tres años no tenía para ellos naturaleza sancionadora, ahora sí la tiene. A pesar de que la norma no ha cambiado un mísero ápice y de que, conforme con ella, esa pretendida naturaleza no asome por ninguna parte.

– Quizá haya mutado.

– No digas estupideces –me reconvino–.  Ese cambio es el ariete con el que echarán abajo, no ya la puerta, sino la fortaleza entera de las responsabilidades tributarias. La ciudadela acabará bajo las aguas, como el Coloso de Rodas. Y para que nos consolemos, dejarán algunos pedruscos de su pórtico varados en la orilla, a la vista de todos. Acuérdate de lo que digo, hoy, aquí, a esta hora precisa.

– Bueno, bueno …

– Las deudas que acceden al listado de deudores, por su parte, deben ser firmes en vía judicial.  Se admite por el Supremo que eso no es lo que dice la norma ni tampoco su voluntad, pero que se trata de una regulación inconstitucional.

– Bien, pues ya dirá el Tribunal Constitucional …

– ¡No!

– ¿Cómo que no? Está para eso.

– Es inconstitucional pero no se considera necesario plantear la cuestión de inconstitucionalidad.

– Los tribunales no pueden inaplicar la ley más que mediante dicho expediente –objeté yo, con cierta seguridad. Había logrado rescatar de mi olvido, pasajeramente, las pocas nociones de derecho que una vez estudié.

– ¡Que te digo que no! ¡Lo expresa así la propia sentencia! El precepto que regula el listado de deudores es inconstitucional, pero no se considera necesario presentar la cuestión de inconstitucionalidad. Hay no retroactividades que matan, como diría Romanones … Si tú lees la frase ¡Ave, César, morituri te salutant”, ¿qué entiendes?

– Coño, lo que todos. Que los que van a morir, los gladiadores, saludan al César. Eso lo sabe cualquiera.

– Pues no. Según ellos, dice que las aves del César morirán por falta de salud. No ven –porque no los hay– gladiadores por ninguna parte. Sólo aves. De plumaje blanco y picos recortados.

No pude evitar reírme. La cosa tenía su gracia. Me imaginaba a las aves revoloteando sobre las cabezas de los gladiadores y deponiéndoles encima.

  • La tiene, hasta que deja de tenerla –me amonestó.

Mi amigo, crecientemente nervioso conforme hablaba, no veía modo de salir airoso de lo que consideraba un mal sueño.  A punto ya del infarto, cambié de asunto. No deseaba que muriera en mis brazos.

Yo, la verdad, no sé si será cierto todo cuanto dijo. Solo soy un funcionario que se limita a hacer lo que otros funcionarios, con mi exacta misma cualificación, pero con la firma cualificada de la que yo adolezco, me dicen que haga. Pero hay una cosa en la que discrepo. Si le asiste la razón, sí hay solución. La descubrí mientras me hablaba. Y, a su manera, tiene que ver con Michael J. Fox:  basta con crear el Cuerpo Superior de Adivinos del Estado. Y que los actuarios hagan de augures. Ellos y los deudores, todos alrededor de una mesa camilla con brasero, leyendo las líneas fiscales de la mano. En verano será un poco difícil, claro, pero es agosto y la Administración está vacía, a fin de cuentas. Para eso están, además, los días de cortesía. El Cuerpo tendrá sus propias festividades. Habrá días de fasto, propicios a la práctica liquidativa, y días nefastos. En estos últimos la Administración cerrará las puertas de sus oficinas, como los romanos las del templo de Jano en tiempos de paz. La Dirección General de Tributos la desempeñará Paris, más que forjado ya a estas alturas en las disyuntivas pícaras de la Diosa Discordia. El Departamento de Recaudación de la Agencia Tributaria corresponderá a la diosa Moneta, que es quien mejor se maneja con los dineros en escenarios de incertidumbre. No en vano, su misión era advertir. Y moraba junto al templo de Saturno, en el que se custodiaba el Aerarium. Para ello tendrá, acaso, que abandonar la sede de la Calle San Enrique y mudarse a Roma, al Capitolio. Melpómene, Terpsícore, Talía y las demás musas ocuparán los despachos de los inspectores. Una de las pitonisas de Delfos, sentada en su trípode, será la directora de la Agencia Tributaria. Y la Gran Serpiente, su adjunta. En la cúpula, presidiéndolo todo desde el despacho de la calle Alcalá, cerrará el organigrama Nostradamus resucitado. ¡Qué digo resucitado! Si no ha muerto. Está únicamente congelado. Como Walt Disney.

Así iremos siempre un paso por delante de los tribunales. Sabremos, antes de que ellos mismos los generen, sus futuros pensamientos. Esos que se aplican, en cuanto son alumbrados, hacia el pasado no firme en que no existían y no podían ser tenidos en cuenta. Saldremos al terreno de juego con la camiseta azul -la única existente-, pero debajo llevaremos puesta la verde. Y cuando el árbitro nos diga, en el minuto cuarenta y cinco, que el gol que metimos en el primer minuto de partido es nulo porque quien lo marcó llevaba camiseta azul cuando, según ha decidido cuarenta y cinco minutos más tarde, había de ser roja, dejaremos asomar ésta por debajo de la otra.

La ocasión viene que ni pintada. Ahora, que va a demolerse, desde los cimientos, el sistema de función pública tradicional. ¿Qué mejor sustituto que éste, el de los adivinos, que propongo?

De nada de esto hice partícipe a mi amigo. Percibió mi largo silencio y se despidió.

– ¿A dónde vas ahora? –me preguntó, antes de torcer la esquina.

– A inscribirme en una conferencia. Mira, ¡qué casualidad! –leí el folleto que la anunciaba –. La imparte un magistrado del Supremo. “Cómo defenderse un administrador concursal y societario ante una derivación de responsabilidad por parte de la Agencia Tributaria”. ¿No hablabas tú de responsabilidades tributarias hace un rato?

Manual Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado

Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE

5 Comentarios

  1. Indalecio 14 de mayo de 2024

    Este inspector debería plantearse, muy en serio, escribir un libro; es una pena que tanta cultura y conocimiento se esté perdiendo en la Agencia Tributaria en un trabajo que, por muy bueno que sea nadie apreciará

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  2. Marta Blanco 14 de mayo de 2024

    Por supuesto que se aprecia, muchísimo.

    Responder
  3. Cristina 14 de mayo de 2024

    Toda la razón el comentario anterior. Es un verdadero placer leerle, el ritmo y el aprendizaje que transmite es abismal. Muchas gracias.

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  4. Manuel Santolaya Blay 14 de mayo de 2024

    Muchas gracias a los dos por vuestras palabras.
    Un saludo

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  5. Manuela 14 de mayo de 2024

    Qué gozada la lectura esta entrada.Una magnífica pluma que transparenta mucho conocimiento de los clásicos, mucha sabiduría y una enorme capacidad de relacionar esas cuestiones que tanto nos preocupan. Mi admiración.

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