Amor, dinero e impuestos
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Hacen falta 300 dólares para pagar los impuestos, si no, nos quitarán la casa de Tara.
Más o menos así, se advertía por Scarlett O’Hara la acuciante necesidad de cumplir con las obligaciones fiscales en un Sur ya derrotado en la guerra de secesión.
Los impuestos preocupaban a la antaño hija de una sociedad pudiente y a sus anteriores sirvientes ya liberados de la esclavitud. Los impuestos no entendían de condiciones y todos los temían en una nueva época tras la que el viento “se llevó”. Nueva época en la que también aparecen “politicastros” y arribistas (pero esa es otra cuestión).
Lo que nos trae hoy aquí es otra reflexión:¿qué hubiera sido del cine si los 300 dólares de impuestos no hubieran estado en la trama de la oscarizada historia de “Lo que el viento se llevó “?
Gracias a la imperiosa necesidad de pagar los impuestos tenemos un melodrama de los de pañuelo y tensión, de intrigas y sufrimiento, de amor y dinero.
Si no fuera por la necesidad de pagar los impuestos (y mucho más importante, de evitar la confiscación de Tara, la antigua casa sureña de la familia, el germen de la estirpe, la dignidad de un Sur herido), no tendríamos los posteriores acontecimientos de una obra maestra del cine. Así, unos 300 dólares en contribuciones fiscales dieron lugar a la prosperidad de una poliédrica Vivían Leight en el papel de la intrigante hermana menor de los O’Hara, y al posterior desarrollo de una historia con su alter ego, el capitán Reth Buttler (también avaricioso y astuto), genialmente interpretado por Clarck Gable (que no es que llenara la pantalla, salía de la proyección).
El dinero se torna además en un elemento que, fuera de su banal materialidad, nos permite ver grandes gestos humanos en la película. Así, en el momento en que Melanie (la cuñada de Scarlett por cuyo marido aspira la protagonista) demuestra gran candor y generosidad cuando la madame de la ciudad (Belle Watling, interpretada por Ona Mutson) quiere hacer entrega de un copioso donativo a un hospital para atender a los confederados en plena guerra de secesión. Lo que se consideraba un caudal impuro y execrable en la puritana sociedad sureña no fue impedimento para que Melanie en un gran acto de compasión no sólo se dignase a tratar a Belle Watling con humanidad, sino a aceptar su generosa donación. Y vemos aquí cómo el dinero, sin importar su procedencia, acaba contribuyendo a una causa común, primero a sostener a los heridos confederados, posteriormente, a través de los impuestos, a sufragar la unión americana.
Y por encima de ello, un personaje, el de Melanie (genialmente interpretada por Olivia de Havilland), que se erige en conciencia de una nación, que respeta a sus iguales por encima de la sociedad clasista, que perdona y es misericordiosa con la intrigante Scarlett y que ayuda y compadece a Rhett Buttler en sus horas de dolor.
Un Rhett Buttler que es el vivo ejemplo del oportunismo y la inteligencia estratégica (no será posible ganar la guerra contra los cañones del Norte -viene a advertir ante un club de caballeros sureños engreídos-) y que, con independencia de la guerra, no pierde oportunidad para sacar partido económico y reputacional. Así pergeña una subasta en un baile de recaudación de fondos, forzando iniciarlo con Scarlett, viuda en aquel momento de su primer matrimonio, rompiendo una barrera cultural que es admitida por Melanie (la compasión, siempre) en beneficio de una causa mayor (el éxito de los hermanos, hijos y maridos desplegados en el frente).
Además, Rhett Butller, que es el espejo de Scarlett en el egoísmo y la astucia, tendrá algunos dejes de humanidad por encima de la materialidad económica, como cuando en un alarde de patriotismo sureño, se une a la causa de los confederados, o cuando reconoce la grandeza del carácter de Melanie, que cual referencia de una esperanza en la sociedad americana, le compadece y ayuda a recomponerse tras el duro golpe que sufre en los últimos compases del film.
En fin, si no hubiera sido por los 300 dólares que hacía falta pagar para mantener la casa de Tara, no hubiéramos tenido una obra maestra del cine, un ejemplo de fotografía y montaje, de colección de géneros (melodrama, algo de comedia, suspense, intriga y terror) y de grandiosas actuaciones que trascienden la pantalla y dejan en el horizonte aquello que el viento se llevó, allá donde quizás se marche Reth Buttler buscando algo que le dé tranquilidad y sosiego cuando se despide de Scarlett (“Frankly, my dear, I don’t give a damn”) y avanza en la niebla del celuloide que se ha quedado instaurado en nuestro recuerdo.
PD: lamento los spoilers, pero a estas alturas ya ha habido ocasión de ver el film (de 1939 y estrenada en España en 1950).
Por Antonio Morales Martín,Inspector de Hacienda del Estado
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Un gran post y una película soberbia .¡Enhorabuena!