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Administración Tributaria

El habitante de Camelot

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Biblioteca

El día 3 de septiembre de 2023 falleció Amando de Miguel, sociólogo par excellence de la España de los últimos cincuenta años. Tenía ochenta y seis.

Confieso que no di mayor relevancia al suceso. Salvo por algunas de sus contadísimas intervenciones en medios de comunicación, mi conocimiento del personaje era nulo. Jamás había leído nada suyo. Supongo que, inconscientemente, lo consideraba uno más de la amplísima cohorte de moradores de ese pozo infecto que es la actual universidad española, una masa fermentada y clientelar que, con impúdica efervescencia, pudre todo a su alrededor. Mi profundo rechazo hacia ese ámbito académico, carcomido hasta el núcleo, es manifiesto.  Y él formaba parte de su estructura.

Únicamente sabía sobre su persona lo que el propio Amando de Miguel había confesado públicamente alguna que otra vez: que pretendía vender su enorme y magnífica biblioteca. Le llevaba a hacerlo la necesidad. Luego he podido descubrir que aquella oferta pública de venta, formulada sumariamente en 2014, escondía una realidad económica de lo más lacerante. De nuevo, me atengo a sus palabras. El vídeo anda por internet. Había sido una víctima más de la crisis del ladrillo. Salió avalista de su hijo –arquitecto– y éste se quedó en el paro. El banco iba a ejecutar. Lo había perdido todo. Con su pensión de catedrático jubilado de la Complutense le daba para afrontar una vida normal. Y los sobresaltos financieros no formaban parte de ella. Pagar su propia casa, en un aislado paraje de la sierra de Madrid –de un fallido minimalismo bunquerizado, a mi juicio–, atender la pensión de su ex cónyuge y afrontar los compromisos adquiridos por cuenta del hijo era más de lo que podía soportar. De ahí que pusiera en venta su mayor tesoro: su biblioteca.

Comprendí de inmediato el sacrificio que ello le suponía. Yo también dispongo de mi propia biblioteca. Mucho menos copiosa que la suya, que andaba, si digo bien, por los trece mil volúmenes Contenía, además, algunos incunables de nuestra era, como el único censo de población completo del siglo XX que subsiste. Sí, logro ponerme en su piel sin esfuerzo. Perfectamente. Desprenderse de su querido patrimonio alejandrino debía ser como si le arrancaran un brazo. No en vano decía Amando que él no vivía en una casa con biblioteca sino en una biblioteca que hacía las veces de casa. Camelot la llamaba.

Tras aquella oferta de venta, el catedrático De Miguel volvió para mí a sumergirse bajo las aguas de un anonimato apenas interrumpido. Ni tan siquiera hice como la petarda aquella del papel couché (el antecedente del actual TikTok), una tal Mazagatos, creo recordar, que afirmaba no leer a Vargas Llosa pero sí seguirlo (¿adónde?, ¿con qué objeto?, ¿cuántas horas al día? ¿es que, quizá, lo acosaba?). Sí. Me olvidé de Amando de Miguel. Simple; completamente. Y si alguna vez me daba de frente con algo suyo, en las librerías de viejo que frecuento, ni tan siquiera lo consultaba. Mi vista, automáticamente, se desviaba hacia otros saldos.

Todo lo más, volvía a mi mente la imagen de la biblioteca. Cuando lo hacía, me resultaba imposible no comparar su mala suerte con la buena fortuna de Diderot. Denis Diderot fue, además del autor de la ácida novela anticlerical La religiosa, el padre de La Enciclopedia Francesa (esto otro, junto con D´Alembert). El filósofo andaba, allá por 1773, apuradísimo por cuestiones de dinero. Aprovechando su paso por la corte de Catalina La Grande (Catalina II de Rusia) le ofreció su biblioteca a la emperatriz. Más bien, fue ella quien tomó la iniciativa. La adquisición conllevó el nombramiento de su antiguo propietario como depositario de la misma hasta su muerte. Sólo tras ella viajarían los libros a San Petersburgo. Catalina que, en realidad, se llamaba Sofía y no era rusa sino alemana, como bien propalaban sus enemigos–, lo que hizo, verdaderamente, fue proporcionarle a su protegido el efectivo que precisaba para sellar las fisuras abiertas en la quilla de su nave vital. El hecho le honra. Aunque no logre borrar las numerosas oscuridades que nublan su paso por el trono.

Lo que Catalina II, la autócrata, sí pudo hacer, nuestros gobernantes postindustriales, digitales y cuánticos, no lo quisieron. Exudan democracia a vaharadas por las axilas mientas que aquella lanzó por la borda, como si de un cadáver se tratara, el pensamiento ilustrado en bloque, en cuanto comprendió que semejantes enseñanzas amenazaban su trono. Y aun con todo, ella sí; éstos, no.

Porque la biblioteca, hasta donde sé, quedó sin vender. Y el banco, supongo que con todo aquello que tanto temía perder Amando. Bien pensado, era lo previsible. Catalina tiraba de fondo de amantes cada noche. Cierto.  Pero, además de fornicar a troche y moche, quitar y poner reyes en Polonia a su antojo y gobernar con férrea mano los destinos de La Madre Rusia, sacaba tiempo –de debajo de las piedras, si era necesario– para leer. La undécima plaga de Egipto, en cambio –salvo excepciones– no. Teme que sus electores, una masa con estudios superiores y todavía así proteicamente iletrada, si llegan a saber de tamaña desviación del carácter, dejen de votarles. Que lo pillen a uno leyendo hace perder más papeletas que robar o estafar.  Leer, bien se sabe, es cosa de frikis; simple tarea de estúpidos. Los libros, aparte de falcar una mesa mal dispuesta, básicamente sirven para hacer fuego. Sólo en ultimísima instancia, si no hay más remedio, deben ser leídos. Es decir, hojeados (ojeados, si se pasan los ojos sobre ellos, antes que las hojas que los componen). Por supuesto, nada de enjundia; una novelita casposilla (a las buenas cuesta seguirles el hilo argumental), a pie de playa, todos los veranos, sin faltar uno. Y de ahí, en cuanto septiembre apunta por el horizonte, a solicitar el carnet de lector sénior.

 

Nada de esto hubiera sido especialmente doloroso para mí de no haberme hablado el Ángel de Pasta –como a John Smith, el fundador de la secta mormón, lo hizo el ángel Moroni ese 21 de septiembre de 1823–. Cuando aquella mañana deambulaba yo por el París Valencia de la calle Pelayo (el mejor de los cuatro, a mi entender), también experimenté mi propia teofanía. Supe dónde se encontraban las planchas de oro de mi nueva perspectiva. Tenían forma de libro. Era un ejemplar que se vendía a precio de saldo (2,95 €, creo recordar). Y lo firmaba  … ¡Amando de Miguel!  Su título, “El espíritu de Sancho Panza: el carácter español a través de los refranes”. Lo había editado Espasa Calpe en el año 2000.

“Me lo leeré”, pensé no muy convencido.

Cuando lo hice, pronto comprobé que, verdaderamente, el Ángel –el de Pasta, Moroni o quien maldita sea–, me iba buscando ese día.

A través de sus apenas trescientas páginas, el libro analiza los supuestos pecados capitales de los españoles (envidia, cautela, resentimiento, etc.). Lo hace permitiendo que el estudio quede constantemente impregnado de la sabiduría de nuestro refranero y, muy particularmente, del modo en que lo usa Sancho Panza en El Quijote.

Por descontado, el libro no contiene ni una sola falta de ortografía (sí, dos erratas de edición). Tampoco adolece de errores sintácticos ni de cualquier otra índole.  Presentaba, además, una docena, al menos, de substantivos ignotos para mí. Cuando consulté su significado en el diccionario de la RAE supe, entre otras muchas cosas, que la paremiología es la ciencia dedicada al  estudio de los refranes y que constituye un género literario con entidad propia.

A quien es capaz de escribir un ensayo como El espíritu de Sancho Panza … no resulta necesario exigirle mayores títulos. Esa sola obra es ejecutoria bastante para garantizarle estatuto de cristiano viejo –viejísimo–, causahabiente por consanguinidad directa de los primeros moradores del Edén.

Tras el asombro vino el malestar. Que una persona de la hondura intelectual de Amando de Miguel muriera tras una década de continuo reptar por la vida dice mucho de los demás. Nada, en cambio, de él mismo.

Pedía por su biblioteca 250.000 €, justamente, el saldo de su deuda. Y no hubo ninguna institución pública capaz de comprársela. Ni tan siquiera, al parecer, la Diputación Provincial de Zamora, su tierra natal (era oriundo de Pereruela). Hasta ese inservible instituto, embravecido –como sus hermanos, tan inútiles y costosos como él– a la sombra de la Constitución, le negó tres veces.

Nuestros próceres venden el país al mejor postor, gastan enormes sumas de dinero en estupideces que deberían tomar entrada en el Código penal, fomentan los sentimientos más abyectos en la masa imbécil a la que gobiernan, trocean la convivencia …; todo, menos comprarle su biblioteca (valiosa en sí misma) a un hombre sabio y apurado. Podrían haberlo hecho con la calderilla de una de las muchas dentelladas (mordidas, las llaman) que dan. Pero prefirieron, como siempre, echarla –la calderilla, digo–, al inodoro que dedicarla a fin tan absurdo.

Ahí está la vid y de ella cuelgan los racimos de uva.

La culpa, la postre, es de Amando de Miguel. Única y exclusivamente suya. Si de verdad hubiera querido saldar la deuda, no habría propuesto la majadería que tuvo la desacertada idea de llevar a cabo. En absoluto. Se habría buscado una pareja y, juntos, se habrían toqueteado en directo, en un chat de pago. O habría escrito una verdadera novela, de ésas en las que la literatura se concentra toda ella en la etiqueta del precio. También podría haber abierto un canal de YouTube. Porque oratoria no le faltaba. Y a través de él, descubrirnos las verdades –auténticas y eternas– que se nos ocultan. Ya se sabe; la Tierra es plana, el hombre jamás llegó a la Luna, hay vida en las Pléyades, “ellos”  viven entre nosotros …

Amando de Miguel ya no encendía las luces, ni ponía la calefacción, ni el aire acondicionado. Gastaba apenas 50 € al mes en comida. Tiraba de pasta, sobre todo. Vivía, como en el poema de Gil de Biedma, entre las ruinas de su (alta) inteligencia.

El refranero, que tan bien manejabas, Amando, anda equivocado: Sí hay mal que por bien no viene. Viene siempre. Y este último, nunca. Jamás.  Pero tú ya no podrás enmendarlo ….

Aunque no te preocupes. La paremiología pronto se hundirá entre capas de tierra. Y dentro de cien millones de años sólo se acordará de ella el niño del Tecnoceno Hiper Superior que se la encuentre mientras rasca con su mano biónica en los estratos del Holoceno. A la criatura mixta le pareceremos tan lejanos como los dinosaurios. En esos tiempos venideros, seguramente la polémica sobre si seres tan monstruosos eran o no de sangre caliente continuará sin resolverse. Será un viejo tópico. Y compartirá protagonismo con otro de nuevo cuño: la cuestión de si el humano del Cuaternario –Homo Idioticensis lo llamarán– era tan mentecato y cafre como apuntarán las evidencias fósiles disponibles en ese momento.

Manuel Santolaya  Blay, Inspector de Hacienda del Estado

*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE 

 

5 Comentarios

  1. Manuel Alarcon 29 de octubre de 2024

    Muy cierto, lo que relatas
    Un fuerte abrazo y orgulloso de tenerte con nosotros

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  2. Mario Pardo Carmona 29 de octubre de 2024

    Comentario bueno de una mala noticia.

    Responder
  3. Antonio M 29 de octubre de 2024

    Qué lástima el final de Amando de Miguel. Muy buen libro parece el de “El espíritu de Sancho Panza”. Aún a riesgo de que ya lo conozcas, Manuel, te recomiendo un libro disponible en la web del Instituto Cervantes, donde se recogen varios refranes, paremias y fraseologismos del Quijote. Un saludo

    https://cvc.cervantes.es/lengua/biblioteca_fraseologica/documentos/cantera-sevilla-sevilla_refranes-otras-paremias-y-fraseologismos-en-don-quijote-de-la-mancha.pdf

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  4. Francisco 30 de octubre de 2024

    No puedo hablar, por desconocimiento, de lo que ocurre dentro de la Universidad. Aunque de todo he oído, sí. De la gentuza de lo político, no quiero saber nada.
    Por lo demás, amén a todo lo que ha expuesto. Amén. Y otra vez amén.
    Una crítica, si acaso. Aunque es cierto que una buena parte de los destinatarios de esta lectura serán del gremio (de ambas caras del gremio), aun así, el post va a resultarles largo.
    Tenga en cuenta usted que, por más que el gremio pueda tener una afinidad por la lectura mayor que la media, la podredumbre de la globalización y la digitalización lo va colonizando todo. Vamos, que igual no todos llegan al final de la lectura. Tendrán prisa por algún asunto irrelevante inaplazable.
    Enhorabuena por el artículo. Me ha gustado. A pesar de que pensaba pasarlo por alto, como le había pasado a usted con Amando de Miguel….

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  5. Daniel Martínez Egaña 30 de octubre de 2024

    Muy interesante artículo. Yo sí oí muchas veces a Amando de Miguel en sus participaciones en la radio, donde ofrecía valiosos y clarificadoras reflexiones sobre los comportamiento humando en sociedad. Sin embargo, desconocía sus dificultades personales en los últimos años de su vida, que causan una profunda pena, especialmente por el sufrimiento que le tuvo que causar verse forzado a intentar desprenderse de su biblioteca por necesidad, y que incluso eso le fuera negado. Que descanse en paz este gran sociólogo

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