Un blog de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE)

Administración Tributaria

Vida en Marte

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La cuestión de si hay o no vida inteligente en Marte era objeto, en aquellos tiempos, de discusiones viscerales. Los que la negaban tachaban a sus oponentes de bobos crédulos.

  • En las fotografías que se le han tomado al planeta veis lo que queréis ver, nada más –les echaban en cara.

Aquejados, sistemáticamente, de miopía, lo mismo constataban la existencia de acueductos en el planeta rojo que sembrados de trigo floreciente en prados agostados por la sequía, aquí en la Tierra.

Los defensores de la vida marciana también se las gastaban flamencas:

  • Vosotros sois quienes andáis equivocados. ¿No os dais cuenta de las evidentes similitudes físicas que se dan entre la Tierra y Marte? Si hay criaturas aquí, las hay allí.
  • Sí, claro. O las hubo, cuando la atmósfera marciana era más densa y el agua abundaba. O las habrá …

Las sondas enviadas al planeta no habían dado resultados. Ello no hacía mella en la creencia afirmativa. Tampoco, en la negativa, el hecho de que hubieran sido localizados depósitos de agua congelada.

  • Os olvidáis de que hemos enviado varias misiones no tripuladas que no han localizado a ningún ser viviente entre tanto paraje desolado.
  • Cuando no apuntas en la dirección adecuada lo esperable es que no puedas ver nada.

Los argumentos, de una y otra parte, se caracterizaban, no tanto por su consistencia lógica sino por sus propiedades aerodinámicas. Eran amonedados en la ceca de la confrontación. Después, no se usaban como elementos de discusión sino a modo de armas. La mejor tesis no era la que desmenuzaba más a conciencia las evidencias disponibles. ¡Qué va! Era la que presentaba mayor grosor de pomo y canto más afilado.

Términos como radiación, metano o hidrocarburo aromático no se custodiaban en libros científicos sino en arsenales. Allí eran mantenidos en perfecto estado de conservación, como si se tratara de ojivas nucleares. Estaban listos para hundirse en la piel del contrario en cuanto asomara por su boca el primer desafío.

En las tertulias, el moderador asistía impotente a cruentas batallas de fuego cruzado. Ante su mirada atónita, los argumentos caían divididos al suelo como la lluvia que separa un tejado a dos aguas. O como un juguete roto que se parte en dos.

La divergencia de criterios fue en aumento. “Sí hay vida en Marte”, decían unos, casi como amenaza, en tono de homilía absoluta. “No la hay”, respondían los otros, con el ímpetu de quien se sacude de encima la manaza que un desconocido nos pone sobre el hombro.

Cuando la discusión caía en el puro terreno de la descalificación personal, se poblaba de los nombres de sus mantenedores. Borboteaban entre gritos como el agua hirviente de una cazuela. Había entonces que recordar que el asunto en disputa tenía como objeto al planeta Marte. Para afianzar la idea, una enorme bola que lo reproducía bajaba en ese momento desde el techo y se interponía entre ambas facciones.

  • Marte era el dios de la guerra. Y aquí, buena guerra se ha montado a raíz de Marte –decía una voz en off, con gusto dudoso, mientras la reproducción en poliestireno expandido descendía sobre tanta cabeza como había en la sala.

Un buen día, alguien acudió al estudio. Se presentó al vigilante de seguridad y pidió ver al director del programa. El director habló con el productor ejecutivo. Ambos se reunieron con el presentador. Entre los tres decidieron que debía dársele voz al visitante.

– Esto creo que zanjará la discusión –convino aquella troika.

Sin anuncios previos de ninguna clase, en la siguiente edición del programa televisivo fue presentado el nuevo contertulio.

A todos extrañó su nombre. Aunque menos que su presencia física. Respondía a una morfología parecida a la humana. La coincidencia no era, sin embargo, total. Los ojos se disponían simétricamente en torno al eje de la nariz, pero a menor distancia. En cuanto a la boca, no presentaba la hendidura del labio superior.

– Este señor se llama … en fin, el nombre no importa. Le llamaremos X. Viene de Marte –anunció el presentador.

Para que no hubiera dudas, a continuación, se concedió voz a un notario. El servidor público dio fe de que el análisis de sangre que mostraba a la cámara era auténtico.  Declaró después que él mismo había viajado a Marte y había comprobado la existencia de una colonia de seres vivos, de apariencia igual a la de aquel que veían ahora por primera vez, asentada en las inmediaciones del cráter Gale.

El visitante no hablaba ninguna lengua conocida en la Tierra. Así que no se le hicieron preguntas.

X tomó asiento en el vértice en el que confluían los sillones de uno y otro bando. De vez en cuando dispensaba su mirada atenta a este o aquél. Parecía tomar notas. Aunque no estoy seguro. Pudiera ser. Las lucecitas de color verde de su traje parpadeaban al mismo ritmo con que aquellos bandos se encorajinaban. Así que debía tratarse de algo de eso.

Ese día los argumentos no fueron diferentes a los de otros. La contraposición de puntos de vista quizá gozó, incluso, de regusto algo más cainita que de costumbre.

Con el tiempo y las inevitables reorganizaciones de la cadena, el programa fue apeado de antena.  Pasó entonces a ocupar su espacio es you tube. Y ahí, en la red, continúan enfrentándose los valedores de una y otra tesis.

X ha aprendido inglés. En ocasiones interviene en la disputa. Cuando termina su turno de palabra le cierran el micrófono. Su opinión es una más, no deja de recalcarse. Todos aceptan que proviene de Marte –en eso sí hay acuerdo–, pero no le permiten propasarse. No sería democrático.

Todavía no hay consenso. Dudo de que lo haya alguna vez. Juzgar si hay o no vida en Marte es, verdaderamente, asunto complejo.

Ah, se me olvidaba. Todos los que participan en esas tertulias son españoles.

 

Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado

*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE 

 

 

 

 

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