Donato y sus verdugos
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Sucedió en el norte de África en el siglo IV de la Era Cristiana. Lo de cristiana viene aquí al pelo como nunca. Porque (aparentemente nada más) es una historia sobre el cristianismo. Más concretamente, es una historia sobre una de las primeras herejías a las que se enfrentó la religión creada por Pablo de Tarso. Este hombre, más conocido como San Pablo, además de recaudador de impuestos, jamás conoció a Jesús ni formó parte del grupo de sus Apóstoles. Un crack, el tío. Como esos que se llaman amigos nuestros y jamás han cruzado una palabra con nosotros. Todo lo más, un saludo desganado.
Durante los primeros siglos de andadura de la nueva religión, sus adeptos se hallaban sometidos a penalidades sin igual. Bajo algunos emperadores más que en tiempos de otros, es verdad. La inquina, como la nubosidad, también es variable. Nerón, Decio y Diocleciano pasan por ser los exponentes más destacados de esta saña anticristiana.
En un ambiente enrarecido como aquel, no resulta extraño que la fe de algunos flaqueara. Ejercer el ministerio divino soportando el aliento de los soldados imperiales en el cogote no debía ser plato de buen gusto. Ante tales peligros, a muchos no les parecían refugio seguro ni las catacumbas. Y terminaban abjurando de su fe. No les sucedía a todos, naturalmente. Siempre hay gente que sabe estar a las uvas y a las maduras. Ha sido forjada en la fragua de Hefesto. Pero además de esa, divina, existen también otras muchas fundiciones, bastante menos nobles. Son apenas tallercillos de herreros segundones. Las regentan primos lejanos de amigos de amigos de Vulcano, gentes de poco oficio. En estos otros hornos los yunques son de algodón y los martillos, restos desechados del control de calidad de los proveedores de Leroy Merlín.
Los que abjuraron de su credo lo hicieron a conciencia. Conocedores, como todo buen lacayo, de las necesidades de sus jefes, creyeron interpretarlas correctamente no solo dándole la espalda a Cristo sino, sobre todo, denunciando a aquellos que seguían mirando de frente al Salvador.
Con sus traseros firmemente asentados sobre las gradas del circo, quizá entre sudores fríos, contemplaron durante décadas a sus antiguos correligionarios. Con la mirada ausente, desplegada sobre los trozos en que iban quedando convertidos por los zarpazos de las fieras hambrientas. Mientras asistían al espectáculo debían decirse para sus adentros aquello de “¡Cuánto frío hace fuera!”.
Pero el clima cambia, y no solo a más calor. También a menos. El caso es que el circo y sus leones zampa-cristianos fueron perdiendo brillo con el paso de los años. Hasta que Constantino, antes de irse a fundar Constantinopla (la actual Estambul), decidió darle un vuelco a la situación. En el año 313 promulgó un edicto, en Milán, por el cual el cristianismo pasaba a ser tolerado.
Entonces, los que habían abjurado de la fe decidieron abjurar de su abjuración. Algunos, incluso negaron haber abjurado. Ante la declaración palmaria de su negación dirían aquello de “Esa no es mi firma”. Si hubiera estado inventada ya la fotografía en esa época, habrían sostenido también aquello otro de “Ese señor que aparece en el expediente con mi cara no soy yo”.
En definitiva, pasado el peligro, decidieron volver. No habían estado a las uvas, pero eso no hacía que sus ganas por hallarse presentes en las maduras perdieran un ápice de ansia. Se declararon cristianos de primera hora, con tanto derecho como los uva-maduros a impartir sacramentos y, sobre todo, a participar de sus réditos. Estos últimos, por descontado, dijeron que nada de eso. El que no lleva aceitunas a la almazara no cosecha en el reparto del aceite. Así que, cuando Ceciliano (uno de los que habían tomado asiento en las gradas del Coliseo) fue nombrado obispo de Cartago, negaron validez al nombramiento. Y en sustitución ordenaron epíscopo a Mayorino. El pobre Mayorino la palmó poco después. Así que los uva-maduros le buscaron sucesor en un pestañeo: Donato Magno. La Iglesia verdadera eran ellos y no los lameculos vendidos al poder imperial, era su argumento. Por tanto, solo los sacramentos administrados por ellos tenían validez.
La caterva de abraza-tabiques, que era mucha y variada, no podía negar, sino a costa de insultar las evidencias más evidentes, que se había vendido al César en los tiempos de canícula. Así que, por ahí poco tenía que ganar. Pero como la doblez, y sus corolarios obligados, la infamia y el ansia de mando, les podían, decidieron que de alguna forma había que contrarrestar el argumento ese de que solo los que nunca se habían desviado de la senda eran los auténticos cristianos. Estuvieron dándole vueltas a la mollera y al final encontraron la solución. Se les ocurrió que los que habían mostrado una adhesión ininterrumpida al credo de Jesús eran los herejes, no ellos. ¿Cómo? Sí, sí. Los malos eran quienes se habían portado bien. Por tanto, ellos, que se habían conducido de forma culpablemente desordenada, eran los buenos. Es como si un feo tratara de apropiarse de la imagen del guapo que refleja el espejo, endosándole al guapo la suya.
El caso es que funcionó. Los buenos eran herejes porque al sostener que el ministerio sacerdotal solo podía ejercerse a través de ellos, negaban, sin darse cuenta, que la fuerza unificadora de los sacramentos proviniera del Todopoderoso. Ese origen era incompleto, si no quedaba perfeccionado por la concurrencia de una voluntad que no hubiera doblado el espinazo en las épocas de persecución. De no ser así, no se opondrían a que otros (incluso, si habían vencido el gesto) también pudieran administrarlos. Pero cuestionar la omnipotencia de Dios, ¿no es acaso la mayor de las herejías? Ante ella, el arrianismo, el catarismo o la heterodoxia valdense, por un decir, brillan con la luminosidad de un atardecer de nubes. Estas otras desviaciones, por comparación, son simples pecadillos veniales. Los que se cometerían sin apenas pensarlo en el transcurso de una noche de borrachera. Algo así como esas manchas de vino que se lavan poniendo la ropa en agua fría un par de horas.
Los herejes convertidos en fuente de ortodoxia. ¡Vaya tela!
La lucha de facciones duró buena parte del siglo IV, porque los supuestos herejes, como era de esperar, no se conformaron. Le puso fin el Concilio de Cartago (411), que dictaminó que los donatistas no tenían razón. Y, a continuación, descargó su puño de hierro sobre ellos.
La victoria del bando antidonatista fue obra de San Agustín. Una vez que San Ambrosio de Milán, según él mismo (Agustín, no Ambrosio) nos cuenta en sus Confesiones, lo rescató de la herejía maniquea, tenía todo el tiempo del mundo para urdir añagazas sin fin. Condenó, por ejemplo, las matemáticas, con el argumento de que buscan la verdad, cuando ésta pertenece a Dios y no está en venta. También sostuvo que el alma puebla las regiones superiores de la atmósfera, en las cuales el aire es más sutil. Al final, su política de pasillos y conferencias a varias bandas –la más miserable de todas las políticas– triunfó. Las palabras susurrantes del de Hipona habían conseguido adueñarse de la oreja de Honorio.
Los verdugos de Donato ocupan hoy día los altos despachos de la Administración. Desde ellos, rendidos al poder, obnubilados por él, entregados a él, penetrados por él, sojuzgan a sus iguales. Y cuando, contra todo pronóstico, son apeados de sus sitiales, buscan restañar la camaradería perdida a base de almuerzos y confidencias de segundo orden. Lo hacen siempre con un ojo puesto en el próximo arciprestazgo al que se creen con derecho de primogenitura. En días de marea alta presiden el auto de fe del que luego, retiradas las aguas, abominan. Hasta la próxima luna nueva.
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE
Jajajaja. Muy bueno. Sutil…