Tiempos de liderazgo, no de reacción
Share
Isaiah Berlin recuperó un verso de Arquíloco para distinguir dos maneras de estar en el mundo: el zorro sabe muchas cosas, el erizo sabe una sola, grande. El erizo tiene una única defensa —enroscarse— y la aplica igual ante cualquier amenaza. El zorro no tiene una estrategia: tiene decenas, y las adapta a cada situación nueva. Berlin usaba la imagen para clasificar pensadores. La traemos aquí para una pregunta más incómoda: qué animal necesita, al frente, una institución como la Agencia Tributaria.
Kavafis, en el poema que Gloria Marín Benítez evocó hace unos días en su blog FiscalBlog al citar una entrada de este que firmaba Leónidas —como autor del mismo agradezco su cita y generosidad—, no habla de zorros ni de erizos. Habla de quienes montan guardia en las Termópilas sabiendo lo que el poema no deja ignorar: que Efialtes acabará revelando el sendero de montaña y que la derrota, tarde o temprano, es segura. Y aun así les rinde honor: por actuar con justicia, por no perder la compasión, por decir siempre la verdad sin rencor a quien miente. Es la virtud del erizo en su forma más noble: una sola cosa grande —el deber cumplido, cueste lo que cueste— sostenida sin fisuras hasta el final.
Esa es la virtud que le pedimos a cualquier servidor público en el ejercicio de sus atribuciones. Ahí el erizo tiene sentido: una convicción sin fisuras es lo que separa a quien cumple su función de quien la traiciona.
Pero dirigir una institución es otro oficio, y exige el animal contrario. Quien está al frente no puede permitirse una única defensa aplicada a todos los frentes a la vez. Necesita ser zorro: distinguir amenazas de naturaleza distinta, anticiparlas, combinar registros —técnico, laboral, comunicativo, judicial— que no admiten respuesta única. La Agencia Tributaria necesita hoy ese liderazgo de zorro. Durante los últimos años ha tenido, con demasiada frecuencia, el reflejo único del erizo: esperar, enroscarse, confiar en que la amenaza pase de largo.
Hay una serie de puntos estratégicos que llaman con urgencia a su atención. Son tres frentes concretos, de naturaleza bien distinta entre sí, respondidos todos con la misma defensa de espera. Esto no es una lista de quejas: es una demanda de liderazgo activo.
1. Una lucha contra el fraude que envejece en silencio
Compárense las directrices del Plan Anual de Control Tributario y Aduanero de 2023 con las del de 2026 —Resolución de 11 de marzo de 2026, de la Dirección General de la AEAT, publicada en el BOE núm. 63 de 12 de marzo de 2026—: los cinco pilares son idénticos, en el mismo orden, y secciones enteras están redactadas de forma casi idéntica año tras año. Lo que cambia viene dictado desde Bruselas —Pilar 2, DAC8, Directiva FASTER—. El núcleo duro del control —fraude de IVA, inmobiliario, grandes patrimonios— se reproduce casi textualmente ejercicio tras ejercicio.
Si hay un cambio disruptivo desde 2023 a hoy es la inteligencia artificial. La Agencia publicó el 1 de diciembre de 2025 una Estrategia de IA que advierte de que no puede permitirse “quedar atrás… corriendo el riesgo inasumible de operar de manera obsoleta”. Es un buen documento de gobernanza, pero es exactamente eso: gobernanza, no ejecución. Tres meses después, en el Plan de Control 2026 —el documento que rige el trabajo diario de los trabajadores de la AEAT—, la IA apenas aparece: una sola mención sustantiva, al final, en la sección de narcotráfico, sobre “proyectos concretos con IA, ya definidos” sin nombrarlos. La otra mención no describe cómo la usa la Agencia, sino cómo la usa el crimen organizado.
No es solo tecnología: es también diseño organizativo. En su último congreso, la Asociación de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE) planteó la nacionalización de la función inspectora, superando un modelo regionalizado que convive mal con una economía digital. Que las estrategias de localización no se conviertan en ventaja frente al fraude. Liderar es tener, con las salvaguardas jurídicas necesarias, un plan estratégico de IA de forma transversal en una institución como la AEAT, que ha estado a la vanguardia de la tecnología desde su nacimiento. Y no reaccionar ante la IA: es necesario liderar hacia un futuro que es más presente que nunca.
2. Una política de recursos humanos a la altura de 27.000 personas
La próxima dirección tiene el reto de dotar a la Agencia de una política de recursos humanos pensada para las 27.000 personas que la componen, con un relevo generacional inédito en los próximos años. Eso exige, para empezar, estudiar con precisión estratégica las necesidades reales de personal —cuántos, dónde y con qué perfiles, y no solo la oferta de empleo público heredada de ejercicios anteriores—. Exige también aprovechar el teletrabajo como herramienta normal de organización y extender la inteligencia artificial a la totalidad de la plantilla, no a proyectos piloto aislados, para que libere a los empleados de tareas mecánicas y les permita pensar más, mejorar el tratamiento de los datos y decidir donde el criterio humano añade valor. Y exige, sobre todo, perfiles tecnológicos que hoy son cruciales —científicos de datos, ingenieros, especialistas en ciberseguridad— y una política real de atracción y retención de talento tecnológico, no la buena voluntad de quien decida formarse por su cuenta. Porque dentro de la Agencia ya hay ingenieros, matemáticos, biotecnólogos e informáticos, pero las rigideces del modelo regional no permiten aprovechar su talento en aquellos puestos donde marcaría la diferencia, salvo que se trasladen a Madrid. Es una pérdida de talento que en los tiempos actuales resulta difícil de entender. Todo dentro de una política que se atreva a superar las rigideces heredadas de otra época. No es un problema de recursos —la Agencia tiene presupuesto—; es un problema de visión y de voluntad negociadora.
3. La fragmentación que nadie defendió, y el precio del silencio que la acompaña
Este frente arranca de una derrota —o, en el mejor de los casos, una “pérdida menos mala”— del propio Secretario de Estado de Hacienda. Frente a la presión para ceder terreno hoy centralizado en la AEAT, en lugar de oponerse frontalmente —dispuesto, si hacía falta, a dimitir por principios— se optó por el silencio y por salidas dispares: propuestas, como el modelo de “gestión en red”, que no conducen a otro sitio que abrir, poco a poco, la puerta a la fragmentación. Ni la Secretaría de Estado ni la anterior Dirección General libraron la batalla que el asunto merecía. El precedente europeo apunta en sentido contrario: la Unión Europea construye hoy, con enorme esfuerzo, la integración que España ya tiene. Fragmentarla no es modernizar; es desandar el camino. Y esa fragilidad frente a la presión política no es casual: la Agencia sigue sin un estatuto propio que blinde su independencia frente al control político, la herramienta que en otras administraciones tributarias de nuestro entorno protege precisamente de la sospecha de politización que hoy planea sobre ella. Sin ese blindaje, cada cesión, por pequeña que parezca, alimenta esa sospecha en lugar de despejarla: son las que de verdad ponen en riesgo la integridad de la Agencia, y no deberían concederse, cueste lo que cueste.
Ese mismo “cueste lo que cueste” debería regir el otro terreno donde el silencio se ha instalado: la defensa de la reputación institucional. La Agencia ha encajado ataques a su reputación y a su independencia técnica sin una estrategia de comunicación que los contrarrestara, y sin defensa activa —tampoco judicial— frente a quienes la cuestionan desde la política. Una institución que recauda en nombre de todos no puede depender de que sean sus propios funcionarios, a título individual y algunas veces bajo seudónimo, quienes tengan que salir a explicar por qué importa su independencia técnica. Y ese silencio tiene una factura: hay un momento en que un “lamentable error” —todavía resonando— deja de sonar a excepción y se convierte en un error sin explicación, porque nadie lo anticipó, nadie lo explicó a tiempo, con lo que se termina señalando en la opinión pública quizá a donde no procede señalar. Ese coste no aparece en ninguna partida presupuestaria, pero se paga cada vez que un ciudadano duda de que la ley se aplique igual para todos. Es, otra vez, el reflejo del erizo donde hacía falta el del zorro: explicar, anticipar, dar la cara antes de que lo pregunten.
La demanda
Ninguno de estos tres puntos exige, por separado, una revolución. Exigen algo más difícil: una dirección dispuesta a decidir antes de que la decisión se la impongan las circunstancias. Una AEAT que modernice su control del fraude porque lo decide, no porque se lo imponga Bruselas. Una dirección que negocie las condiciones de su personal porque entiende que de ahí depende su capacidad futura, no porque la obligue un conflicto laboral. Una Agencia que se defienda de la fragmentación con argumentos publicados, no con silencio. Una institución que hable cuando la atacan, y que actúe —con la reserva que la ley exige— cuando los hechos lo requieren, sea quien sea el implicado. Este artículo no pide gestión: pide liderazgo activo, y lo pide ya.
Volvamos a las Termópilas con las que empezábamos. Gloria Marín Benítez lo resumió con una precisión que no vamos a mejorar: se trata de “analizar con rigor, llamar a las cosas por su nombre” y poner el resultado sobre la mesa. Que esa frase valga igual para la virtud del erizo —el funcionario que no cede— que para la del zorro que aquí exigimos —la dirección que anticipa— no es contradicción: es la clave del argumento. Una institución sana necesita ambos animales, cada uno en su sitio. Legiones de erizos dispuestos a sostener su puesto pase lo que pase, como los defensores de las Termópilas. Y, al frente, un zorro capaz de ver los muchos frentes a la vez y moverse en todos antes de que el enemigo encuentre el sendero de montaña.
Ese diagnóstico es simple. España necesita una Agencia Tributaria con erizos que resistan en cada puesto y, al frente de todos ellos, un zorro que lidere en lugar de reaccionar. La próxima dirección tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que ha entendido la diferencia.
Por Leónidas
Maravilloso artículo de Leónidas! Una metáfora muy acertada para estos tiempos de cambios. Ojalá haga pensar a aquellos que tienen la posibilidad de cambiar las cosas…
Cómo puede ser que una institución con tan excelentes profesionales, como el que escribe este artículo, se ha dejado pisotear y degradar su imagen de esta manera?
Panda de mafiosos les llaman muchos….
Los funcionarios de la AEAT han perdido la fe, se sienten tratados como máquinas, como números.
Se ha perdido la sensación de pertenencia a una institución y eso es desolador y pasará factura en un futuro que a nadie le importa