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Hombres de la montaña

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Bajo la dictadura (la franquista, no la de ahora) el trigo estaba intervenido. La hambruna generalizada que se adueñó de España tras la Guerra Civil aconsejaba estancarlo. Con las cosas de comer no se podía jugar. El organismo encargado de tutelar el proceso de su conversión en harina era el Servicio Nacional del Trigo. En cada provincia había una delegación suya que se derramaba, como racimos de uva emparrada, en las correspondientes demarcaciones comarcales.  En aquella España oscura, pero sin sombra, carente del más leve claro, proliferaron, al calor del entramado administrativo, gentes de toda laya. Aunque cortadas, básicamente, por el mismo patrón. Un patrón de hechuras bien definidas: cosidas a sable y rematadas con sello térmico. El agricultor llevaba sus carros, a rebosar de grano, a los almacenes comarcales. Allí, el encargado del pesaje –una hechura del delegado–, le descerrajaba el primer soplamocos. Directamente, casi sin preguntar. Como trámite oficioso, incrustado en el procedimiento y elevado a categoría de institución adyacente por su simple y continuada repetición. La media tonelada de trigo, por obra de aquel Tamariz de secano, quedaba convertida en cuatrocientos ochenta kilos. El pagano, llevando el peso aprendido de casa, maldecía entre dientes y aceptaba. Acusaba recibo del vale que le daban y tragaba con la rueda, desajustada un momento del eje y traída a su presencia, desde el molino trasero, para hacerle comulgar con ella. De aquella eucaristía le quedaba un regusto tórrido. Un recuerdo ácido. Como el del sol, dios trinchador de su espalda todos y cada uno de los días del largo agosto de la recolección. Un dolor agudo, como la punzada de un estilete de lluvia, de esos aguaceros que entumecían sus junturas en las duras jornadas hibernales de la siembra.

Con el carro entre las piernas, vacío de grano como su alma de esperanza, rumiaba en casa los secretos de la equivalencia de magnitudes. Más por inercia que por otra cosa.

Molido el trigo, volvía a la casa de la rueda. Y allí, el titiritero de pesas y medidas le propinaba un segundo bofetón. Quinientos kilos de trigo, que en realidad solo eran cuatrocientos ochenta, no se habían traducido en trescientos veinte kilos de harina. La ciencia de la transformación de la materia es tarea reservada a expertos alquimistas. Sus misterios quedan fuera del alcance de los no iniciados. Trimegistro rescataba el vale que unos días antes había expedido y a cambio entregaba el residuo de harina. El hombre de campo, con pocas matemáticas y bastante lucidez, hacía la cuenta: un kilo de trigo equivale a tres cuartos de kilo de harina. Luego, trescientos veinte kilos de aquel polvo blanquecino eran el fruto de cuatrocientos veintisiete de grano. Comprendida esta otra realidad –en total, la habían birlado el 15% de la cosecha–, cargaba los sacos al carro y, con orejas caídas, se volvía por donde había llegado.

Algunos osaban quejarse. Habían hecho sus cálculos, tan exactos como la propia ciencia en que se basaban. Al igual que los demás. Pero, a diferencia de la mayoría, los exponían ante del pesador. Éste, alérgico al número cuando no lo pronunciaba él, remitía el asunto a la mujer del delegado comarcal. La fémina, rebosante de gramática parda, los sacaba de dudas en un periquete. La relación de conversión del trigo en harina implicaba a muchas más personas que a ellos dos. Estaban las mujeres de los guardias civiles, que acudían dos veces por semana. Pasaban el saco con título, como en misa los monaguillos la canastilla del óbolo de San Pedro. También asomaba por el negocio, de vez en cuando, algún que otro espabilado con rentas de situación. No haciendo nada, podía, por su ubicación en la estructura del sistema, hacer que nada se hiciera. También, pues, su saco debía ser colmado. Esos pececillos gordezuelos comían, normalmente, las migajas que otros, más gordos, excretaban. Y también estos otros dejaban sentir la cuña de su lustre en el proceso.  A través de un fenómeno de remonta y proliferación lateral, frondosamente diversificado, feraz y feroz, una milicia de aprovechados tenía sitio reservado en las estanterías del molino, en permanente recuerdo de lo suyo.  Como los gánsteres en los clubes de jazz americanos.

– Si todos esos sacan tajada sin poner un chavo, no lo voy a poner yo –terminaba sus razonamientos la filósofa neopitagórica–. Lo tenéis que poner vosotros.

Estos razonamientos a ras de suelo no convencían a todos. Algunos –pocos, es verdad; menos todavía que los que se quejaban–, disfrutaban de su propia escuela de pensamiento, tan rotunda como la Academia de Platón o el Liceo de Aristóteles. Y descargaban sus enseñanzas a golpe de vara. Solían ser hombres venidos de la montaña. El aire crudo del altiplano forja el carácter. Presentaban sus razones de inmediato. Por cada kilo de menos en el pesaje, descerrajaban un estallido de compás sobre el lomo del calculador. La obertura iba acompañada de la promesa de una sinfonía wagneriana:

  • Con la harina, las varas pueden volver a agitarse –advertían.

El lomo escocido es un excelente tónico de la voluntad.

El caso es que, a los hombres de la montaña, las matemáticas jamás les resultaron esquivas. Emitían su juicio exacto con una exactitud precisa. Ellos, y los amigos del delegado, naturalmente –estos en todo momento, ex officio –, siempre contemplaron el cálculo sin temor, con mirada directa, sostenida.

El Servicio Nacional de Trigo fue suprimido en 1968. López Vázquez, Alfredo Landa, Gracita Morales y las suecas en biquini tomaron el relevo.

Casi sin darnos cuenta, estábamos ya en los primeros años noventa.

Algunos se reconvirtieron. Los guardias civiles, de cobrar mordidas pasaron a controlarlas, a través de la UCO.  Otros, por el contrario, persistieron en el empeño. De delegados comarcales pasaron a figurantes políticos. Y siguen mordiendo. Es un curioso tipo de mordida. Porque permite, a la vez que se mastica, hablar sin atragantarse. Solo, al precio menor de que el tono se distorsione. Por eso pueden decir luego, cuando los pillan, lo de que “esa voz que se oye en los audios –la suya, vaya– no es mía” sin que el rostro se les cuartee.

También continúan poblando nuestra fauna los pesadores. Ahora se les llama simplemente pelotas. Y los hay a mansalva. En la Administración son legión.

Lo que no ha perdurado es la expeditividad de los varones de la montaña. Ya nadie agita la vara.

Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado.

*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE 

 

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