¿Qué tipo de contribuyente es usted?
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“Ser es defenderse”, Ramiro de Maeztu.
Aunque no venga al caso, voy a empezar este texto con mi opinión personal acerca de la Hacienda Pública española: considero que el sistema tributario español es asfixiante para el pequeño contribuyente y, además, la Administración tributaria necesita una profunda y urgente reforma.
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Carteristas, corruptos, buscabonus, mafiosos, chantajistas, son algunos de los distintos adjetivos que de un tiempo a esta parte circulan a través de diversos medios de comunicación y redes sociales, dirigidos a los inspectores de Hacienda. Y parece ser que no se libra ninguno. Formamos un bloque monolítico de maldad, como el matón de patio que amedrenta a sus compañeros indefensos.
Lo que no dice nadie, y yo desconozco, es si esos seres abyectos que somos los inspectores de Hacienda, nacen o se hacen; es decir, si se da en nosotros una predisposición genética que nos impulsa a abusar del inocente contribuyente por el deseo de saciar nuestra codicia (el famoso bonus con el que se nos recompensa) o, por el contrario, éramos personas normales y corrientes que, cuando aprobamos la oposición y nos incorporamos a nuestro destino, nos mutamos en seres malvados, por una especie de contagio transmitido por el contacto con compañeros veteranos; algo así como esas películas de terror en las que los muertos vivientes se van apoderando de los vivos.
Pero yo no estoy aquí para hablar de estos representantes del mal (entre los que me incluyo), sino de los que son nuestras víctimas; es decir, de los contribuyentes, los cuales, según parece desprenderse de lo que últimamente circula por los medios de comunicación, se diría que son todos ellos “seres de luz”, incapaces de defraudar un solo euro. Sinceramente, me parece que la realidad es muy distinta y el fraude fiscal es bastante habitual en nuestro país, al menos en determinados sectores. De todos modos, y a diferencia de lo que sucede con los inspectores (todos somos lo peor), los contribuyentes forman un grupo enormemente heterogéneo. Por eso, creo que lo primero que hay que hacer para aclarar las ideas es establecer diferentes categorías de contribuyentes, pues no todos son iguales y, en consecuencia, no todos merecen la misma consideración.
A lo largo de mi carrera de malvada inspectora y de mi vida personal, me he topado con contribuyentes de todo tipo. Paso a exponer aquí las categorías que entiendo más relevantes, Dejando bien claro que no se trata de una clasificación exhaustiva pues, en definitiva, hay tantos tipos de contribuyentes como contribuyentes mismos.
Vamos a ello:
• Contribuyente ingenuo: es aquel que paga sin rechistar, incluso con alegría, sus impuestos, convencido de que son necesarios para el funcionamiento del estado del bienestar. A ese convencimiento contribuyen las campañas publicitarias que periódicamente se realizan por parte de la Agencia Tributaria, y nada le satisface más que pensar que “Hacienda somos todos” y que “no es magia, son tus impuestos”. Es verdad que, al ver el panorama nacional, en ocasiones le asaltan algunas dudas, pero rápidamente las desecha, convencido de que los impuestos son de gran utilidad. Una vez se le olvidó incluir unos atrasos en su declaración del IRPF, poca cosa, pero recibió una liquidación y la correspondiente sanción. Pagó ambas religiosamente y ahí sigue, con más moral que el Alcoyano, convencido de que es necesario pagar impuestos. Este contribuyente, que antes era mayoritario, va disminuyendo a pasos agigantados.
• Contribuyente resignado o sufriente: Es posible que en su juventud fuera un contribuyente ingenuo, sin embargo, después de años y años de corrupción y despilfarro público, de ver el uso que se hace de su dinero, se encuentra en una situación de permanente desasosiego. Si a ello le añadimos que considera que desde hace décadas los políticos españoles se han propuesto destruir España, podemos comprender el inmenso sufrimiento de esta criatura que cada vez que paga sus impuestos se ve como colaboradora de esa destrucción. El caso es que tiene la mala suerte de ser una persona cumplidora y respetuosa de las normas, por lo que de ninguna manera se le pasa por la cabeza defraudar ni un euro. Si los demás son unos sinvergüenzas y unos chorizos, él no lo es.
• Contribuyente forzado: paga sus impuestos porque no le queda otra pues todas sus rentas están controladas por la Administración, pero que quede claro que paga contra su voluntad. Sufre enormemente al ver cómo sus amigos empresarios se llevan las facturas del restaurante para deducir gastos y hacen viajes familiares como si fueran de la empresa, ¡ya le gustaría a él poder hacer algo así! Una vez realizó voluntariamente una trampilla, pero lo pillaron y tuvo que pagar la cuota y la sanción. Desde entonces ha escarmentado y paga lo que le toca con gran dolor de su corazón. De todos modos, disfruta de pequeños placeres, como cuando el fontanero le arregló la cisterna y le preguntó: ¿con factura o sin factura? Se ahorró 15 euros de IVA y eso le supo a gloria, casi tanto como a los que tienen el dinero en un paraíso fiscal.
• Contribuyente defraudador: entramos aquí en el grupo más complejo y, aunque según las críticas que recibimos los inspectores de hacienda se diría que apenas lo componen unos pocos sujetos, yo les aseguro que está más poblado de lo que algunos se piensan. Si bien la nota común de todos ellos es que practican el fraude fiscal, presentan importantes diferencias unos de otros, lo que me lleva a establecer varios subtipos distintos:
– Defraudador desesperado: normalmente tiene un pequeño negocio y, aunque trabaja de sol a sol, se las ve negras para llegar a fin de mes. Por eso defrauda todo lo que puede sin ton ni son. El caso es que, como encima es torpe, cae en las garras de Hacienda una y otra vez, por lo que termina en un bucle del que no es capaz de salir, pasando así a ser “defraudador recalcitrante”. Realmente no tiene mala intención y es un superviviente. ¡Una pena!
– Defraudador por convicción: a él que no le vengan con que hay que pagar impuestos. Su dinero es suyo, que para eso se lo gana y no piensa compartirlo con nadie, y mucho menos con todos esos funcionarios parásitos, con los que viven de las “paguitas” y con los políticos, que son todos unos corruptos. Los impuestos son un robo y él no va a dejar que le asalten. Defrauda todo lo que puede, de lo que está realmente orgulloso. Una vez le hicieron una inspección y le pegaron un buen palo, pero según él, todo fue por culpa de Hacienda. Últimamente, ha llegado a sus oídos que un despacho de nombre extranjero tacha a los inspectores de Hacienda de carteristas y chorizos, lo cual le ha llenado de satisfacción y le ha reafirmado en sus convicciones. Lo curioso del caso es que no pierde ninguna oportunidad para pedir ayudas, subvenciones o becas para sus hijos, y acude a un hospital público, porque, claro, una cosa es no contribuir con los impuestos y otra ser un panoli. Algunos de ellos directamente se han ido a Andorra, o eso dicen.
– Defraudador engañado o desconcertado: es un supuesto digno de lástima. Realmente, este sujeto vivía tranquilamente en su país y no tenía ningún interés en defraudar. El caso es que un día apareció en su vida un “asesor listillo”. Dicho asesor le cobró una pasta y le montó un “tinglao” en España al amparo de una ley a la que llaman como un famoso futbolista inglés. Lo cierto es que, sin comerlo ni beberlo, se ha encontrado viviendo en nuestro país y con unas actas de Hacienda de tres pares de narices que le quitan el sueño, mientras el citado asesor jura y perjura que lo ha hecho todo bien y que la culpa, cómo no, la tienen los inspectores de Hacienda españoles, a los que no se les ocurre otra cosa que pretender que la gente cumpla los requisitos que se recogen en las leyes. Lo esperpéntico del caso es que el asesor se ha venido arriba y ahora se piensa que es como don Quijote, por lo que va por ahí pregonado que su misión es defender a los débiles contribuyentes, viudas, huérfanos y doncellas, y se dedica a echar pestes de los inspectores de Hacienda que, como todo el mundo ya sabe a las alturas de este artículo, somos peor que Ginés de Pasamonte. Por si fuera poco, me llegan noticias de que es posible que algún medio de comunicación que se tiene por serio se haya hecho eco de la protesta del citado personaje. ¡Lo que hacen algunos por un titular!
– Defraudador con coartada: es un caso curioso y muy común. Normalmente empiezan como contribuyentes ingenuos o resignados, pero, con el tiempo, se dan cuenta de que se encuentran inmersos en un sistema putrefacto y optan por el “sálvese quien pueda”. El caso es que saben que ser un defraudador no está bien, por eso se dan a sí mismos todo tipo de excusas para tener la conciencia tranquila. También han tenido noticias de lo que dice ese despacho de nombre extranjero sobre los inspectores de Hacienda, lo cual ha sido como una especie de bálsamo para su conciencia porque los malos son ellos.
– Defraudador de alto nivel: aquí ya nos encontramos con defraudadores de altos vuelos. Da lo mismo si han adquirido su fortuna por herencia o por sus propios medios, el caso es que todo les parece poco y los impuestos que pagan los consideran una barbaridad. A fin de cuentas, como ellos son ricos nunca reciben nada del estado de bienestar. Como corresponde a su nivel, se hacen acompañar de asesores de postín, de esos que montan estructuras complejas a través de territorios de baja tributación y cosas similares, y normalmente no hay quien los pille. En todo caso, si algún avezado inspector les hace unas actas, vuelven a contratar a los mejores y, si aún así tienen que pagar, son conscientes de que, a pesar de todo, después de tantos años defraudando el negocio ha sido redondo. Lo único que les podría asustar es ser imputados por un delito fiscal (¿ellos en la cárcel?, ¡Por Dios!, ¡eso es para el populacho!), pero saben que al final siempre podrán llegar a un acuerdo con el fiscal para no entrar en prisión. Los ricos siempre ganan y ellos no van a ser una excepción.
– Defraudador titiritero: es una variante del tipo anterior, pero en este caso su dinero proviene de sus dotes artísticas. Son cantantes, actores, periodistas, deportistas, influencers o, incluso, escritores. Dentro de este grupo es realmente interesante el titiritero “progre”, que se caracteriza por predicar al rebaño con mensajes de solidaridad y justicia social, mientras sus asesores le montan sociedades interpuestas o desvían sus ingresos a paraísos fiscales. Lo curioso del caso es que, aunque son muy listos y espabilados para arengar a las masas, cuando esos asesores les montan esos tinglados ellos no ven nada raro, parece ser que se vuelven tontos. Algunos de ellos han sufrido el “injusto acoso” de la Agencia Tributaria, si bien la reacción por su parte ha sido un tanto desigual: los menos, han pagado sin rechistar (quiero pensar que incluso avergonzados de su comportamiento), mientras que otros han optado por descalificar a la Agencia Tributaria, porque ya sabemos todos que lo único que se busca inspeccionándolos a ellos (¡qué osadía!), es amedrentar a los demás con su señalamiento público. La conciencia de la propia superioridad que tiene este tipo de defraudador llega a tal punto que, aunque uno haya sido condenado por delito fiscal por varios ejercicios, si luego por otro ejercicio distinto un tribunal le da la razón, se proclama inocente a los cuatro vientos. ¡Lo que hay que ver!
Hasta aquí recojo los principales tipos de contribuyentes. Hay muchos más, pero creo que estos son los más representativos.
Mis sentimientos hacia ellos son de lo más variado: cariño hacia el contribuyente ingenuo; admiración hacia el contribuyente sufridor; comprensión hacia el defraudador desesperado; lástima hacia el defraudador engañado; y, sobre todo, mi mayor desprecio al defraudador de alto nivel en cualquiera de sus variantes, así como también a los asesores que los sustentan.
Para terminar, querría hacer dos preguntas al lector de este artículo: la primera es, ¿qué tipo de contribuyente es usted?; la segunda, ¿de qué tipo sería si no existieran los inspectores de hacienda?
Yo lo tengo bastante claro.
M.ª Genma Martín Meléndez. Inspectora de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE

Magnífico artículo, Genma. A los que calificas como “titiriteros” se les nota mucho su resquemor cuando opinan sobre nosotros en los medios de comunicación. Como nos dedicamos en nuestro trabajo como inspectores sobre todo a éstos y a los de “alto nivel”, es decir, a quienes más influencia o poder o ambas cosas tienen, y no suelen pagar lo que deberían, es lógico que nos vean como enemigos; lo asombroso es que consigan extender la idea de que somos enemigos también del resto de ciudadanos, y lo que ya es el colmo es que que ciudadanos que pagan sus impuestos y les cuesta mucho hacerlo ¡se alegren al conocer que gente que ganó muchos millones acabe sin pagar un duro!
muy bueno el artículo y el comentario
Brillantes consideraciones. Soy un contribuyente resignado, sin lugar a dudas. Esposo de una inspectora de hacienda, profesional liberal y socialdemócrata de corazón. El 40,% de mis ingresos netos los ingreso religiosamente en las a
arcas públicas, no soportaría que nadie en mi país tuviera que sacar una tarjeta de crédito para que lo atendieran en un hospital, pero saber que mi trabajo sirve para pagar servicios de prostitución, sobornos a fiscales y otros despropósitos, me deja muy “molesto “.
Me han parecido unas consideraciones interesantisimas.
El sistema fiscal español es claramente injusto. No existen tipos deflactados por la inflación . No existen coeficientes de abatimiento en las ganancias patrimoniales. En ocasiones las plusvalías generadas en transmisiones tributan y en cambio las minusvalias no son deshravables. Existe un IP totalmente injusto en cuanto a la política fiscal ya que grava sobre bienes que ya pagaron su impuesto en su día. Etc
Uds son el mensajero de ese sistema