Un blog de Inspectores de Hacienda del Estado (IHE)

Administración Tributaria

El futuro de la Agencia Tributaria. ¿Digital o humano?

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La Agencia Tributaria es una señora de unos sesenta años próxima a la jubilación. Tenemos que asumirlo, ésta es la realidad. Empezó a trabajar a los veintitantos como Ministerio de Hacienda en las grandes ofertas de empleo público de los ochenta, en tiempos de Felipe González y Naranjito. En el 91 se ilusionó sintiéndose especial como ente autónomo, disfrutó de las luces de la Expo de Sevilla y de las Olimpiadas de Barcelona y progresivamente notó como se disolvía la magia y su juventud azur se tornaba en grisura.

Por mucha ilusión que conserve, hay que afrontar la renovación. La Administración y, desde luego la política, está en su peor momento desde la democracia. La Agencia Tributaria, a pesar de ser la alumna aventajada, se halla en el mismo punto del camino. Los ciudadanos constatan el deterioro de los servicios públicos más esenciales como sanidad o servicios sociales y la AEAT no es una excepción.

Los funcionarios han realizado un esfuerzo muy meritorio para superar los retos derivados de la crisis económica, de las restricciones presupuestarias, pérdida de poder adquisitivo, de la pandemia, el envejecimiento de la población en general y de la Administración Pública en particular, con sus políticas de austeridad que han condenado la necesaria reposición de efectivos.

Mi mensaje no pretende ser pesimista, sino lo contrario, una invitación a construir el nuevo organismo que debe prestar servicio a los ciudadanos durante las próximas décadas. Pero esta renovación se debe cimentar ¿en el mundo digital o en el humano?

Soy consciente de los retos económicos que debe afrontar nuestro país, aunque no voy a dedicar estas líneas a este tema que ha sido ampliamente tratado por economistas como nuestro compañero Paco de la Torre, quien no cesa de alertar sobre la quiebra del sistema de pensiones mientras los políticos discuten su cuota de poder territorial.

En los ensayos académicos y en los periódicos existe una fascinación por el discurso tecnológico. Por supuesto que se debe consolidar la digitalización de los trámites administrativos, regular de forma real el teletrabajo y mejorar el acceso de los ciudadanos (de forma voluntaria, garantizando que aquellas personas que, por edad o dificultades, no puedan incorporarse al mundo digital, sean atendidos de forma digna).

Debe dotarse a los funcionarios de los mejores sistemas y medios informáticos que aseguren la calidad en los servicios de información y asistencia a los contribuyentes, así como en los procedimientos de control.

Sin embargo, el bombardeo de noticias sobre inteligencia artificial no nos puede engañar haciéndonos olvidar la importancia de lo humano, la trascendencia de aquellos valores que no se pueden pesar o medir. Leyendo esos ensayos entusiastas uno llega a pensar que la robotización alcanzará todos los niveles del servicio público. De este modo imagino una inspección en la que el asesor será atendido por un robot que tendrá acceso a una base de datos con todas las actas incoadas en los últimos quince años y, al modo del coche automático sin conductor, liquidará sin piedad ni empatía. A algunos gestores les parecerá un sueño, e incluso declararán que no notarían la diferencia con la frialdad de algunos de los actuarios.

Otros directivos justificarán, al igual que hacen los directivos de “las Teslas” de turno que, una muerte por un error mecánico entre millones de ahorro en desplazamientos merecerá la pena y es un coste que se debe asumir.

Esta modificación en el sistema de personal sí que supondría la auténtica “disrupción y smartificación”, demandada por los audaces expertos en planificación estratégica de la gestión pública. Sin ser tan disruptivos (de momento), existe la tentación de caer en los cantos de sirena de los “consultores “que aseguran que la mejora de la Agencia Tributaria se producirá de forma mágica por un sistema de acceso simple, por la rebaja de la exigencia en los exámenes, la eliminación de las pruebas memorísticas y por la contratación de directivos “digitales nativas”, (es decir, aquellos agraciados por un nombramiento a dedo). Mantienen que los alumnos más capacitados no están dispuestos a dedicar algunos de sus años a las oposiciones.

El mes pasado tuve un encuentro con los alumnos de la UMA y mantenían verdadero interés por la función pública y por las oposiciones. Con sus “Qrs” y sus portátiles accedían a la web de la AEAT donde leían atentamente los sistemas de acceso al empleo público, y no observé que los más cualificados escaparan de los sistemas de acceso que priman los principios de mérito y capacidad.

Curiosamente, muchos de estos agoreros que consideran inútil el sacrificio de dos o tres años al estudio y la preparación de oposiciones son profesores universitarios que fomentan la ampliación de las carreras con dobles o triples grados y másteres de varios años de duración y precios escandalosos.

A través de insistentes campañas denigratorias de los funcionarios sugieren que otra de las claves de la modernización sería la mutilación de algunos de los permisos de la función pública como “los moscosos”. También consideran positivo el despido de empleados públicos como consecuencia de las mejoras en la asistencia digital.

Guiados por la eficiencia y la dictadura del beneficio, algunos directivos públicos, presos de los objetivos incrementalistas, se han olvidado que la misión fundamental de la Administración es la prestación del servicio público y que no podemos asumir el sistema de valores de las entidades bancarias.

Como anticipaba, este artículo va dirigido a recordar que debemos participar en la construcción de la futura Agencia Tributaria, que no ha alcanzado la excelencia por los medios tecnológicos, por las pantallas o por las bases de datos, sino por las cualidades humanas e intelectuales de los inspectores, técnicos, agentes, auxiliares, funcionarios de vigilancia aduanera y personal laboral. Ése es el capital que hay que cuidar dotándoles de verdadera carrera profesional, de un sistema de concursos anual y que, en efecto, la Agencia Tributaria necesita una profunda reforma.

Pero esa Administración del futuro no conseguirá sus objetivos con un ejército de alumnos precarios conectados a una inteligencia artificial. Termino recordando “La utilidad de lo inútil”, de Nuccio Ordine, y su fomento de las disciplinas humanísticas y del pensamiento crítico. No se trata de eludir neciamente la responsabilidad por las cuentas que no cuadran. Pero tampoco es posible ignorar la sistemática destrucción de toda forma de humanidad y solidaridad. En el universo posmoderno utilitarista, un martillo vale más que una sinfonía.

Concluyo afirmando que el más humilde ordenanza de la Agencia Tributaria vale más que el más moderno sistema de inteligencia artificial.

Pablo Fernández Miser

Inspector de Hacienda del Estado y escritor. Su última novela es “Otoño efímero”.

*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE 

 

 

 

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