A nuestra Ana Alonso, una compañera distinta: sensibilidad, empatía y luz
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Escribo estas líneas con una inmensa tristeza y dolor a la vez por la noticia del reciente fallecimiento de una compañera a la que conocí hace unos años, en 2020, en la primera junta de nuestra Asociación, presidida entonces por Ransés Pérez Boga.
En este espacio en el que escribo estas líneas, el blog de la Asociación de Inspectores de Hacienda del Estado, del que ella fue principal impulsora, solemos poner reflexiones tributarias en la mayoría de ocasiones, pero, precisamente, en su momento, quisimos titularlo “No sólo impuestos” para que en él pudiéramos volcar otro tipo de contenido, como ya ha sucedido en otras circunstancias y como, en este momento y dada la triste noticia, quisiera compartir con todos vosotros.
Cuando representas a tus compañeros te suele mover por dentro una inquietud por el cuidado de todos, una especie de instinto maternal porque las cosas de la gente que aprecias y valoras vayan mejor, una preocupación que a veces te lleva a desvelos, como ocurre con la familia muy cercana o con los amigos muy queridos. Todo esto se compensa, sin duda, con muchas alegrías y buenos momentos que hacen que todos los esfuerzos y sacrificios merezcan la pena. Así concibo yo la asociación, no la puedo entender de otra forma.
Durante mi etapa en IHE, como vocal hace años, luego como vicepresidenta y finalmente en el puesto actual, como presidenta, he tenido el placer de conocer y encontrarme a personas excepcionales. Compañeros muy preocupados por los demás, y muchos con una imagen absolutamente diferente de lo que, equivocadamente, la sociedad a veces traslada de nosotros: fríos, calculadores, solitarios y con un semblante serio y aburrido. Pero si alguien se alejaba de esas características esa era nuestra querida Ana Alonso.
Durante la pandemia, en la asamblea que celebramos en noviembre de 2020, en la que se elegía una nueva junta, por motivos razonables y de todos conocidos, no pudimos celebrar nuestro tradicional congreso, pero sí hicimos un sencillo acto presencial-virtual en el Instituto de Estudios Fiscales y fue en ese momento cuando tuve mis primeras noticias de Ana Alonso, cuando conocí a quien iba a ser una de las vicepresidentas de esa nueva junta.
Empecé a tener trato con ella a través del chat del móvil y enseguida me di cuenta de que ella no era como los demás. Ella era distinta, tenía una sensibilidad especial y una empatía asombrosa para poder acercarse a los problemas de los compañeros con una delicadeza increíble. Poco después me enteré de que le gustaba muchísimo dibujar, lo hacía fenomenal, y de que disfrutaba también con la música, cantando y participando incluso en algún espectáculo musical en Barcelona, algo que me llamó mucho la atención y me unió a ella más al compartir ambas la misma afición. Pude abrazarla por primera vez en el Congreso de Vigo, en octubre de 2021, y fue un momento, para mí, muy especial.
Precisamente ese carácter que la definía, unido a su dulce voz, que jamás levantaba, tuvo una enorme importancia a la hora de suavizar algunas de las reuniones de la junta, con discusiones normales sobre temas que, en otra ocasión, y de no haber estado ella, tal vez habrían dejado un sabor de boca distinto y eso era, creo yo, porque ella tenía esa “luz” que dicen poseen algunas personas que, desde mi punto de vista y experiencia, alumbran con sinceridad cada escena de la vida que, en otros casos, nos puede parecer oscura o, en la mejor de las situaciones, gris.
Ana deslumbraba con sus intervenciones precisamente por esa paz que trasmitía, esa docilidad y ese carisma sosegado pero firme, de lo que yo entiendo que definen a una buena persona, una persona con un corazón limpio y transparente.
Gracias, Ana, por regalarnos todos esos momentos, porque te hemos querido mucho y siempre te querremos. Te echamos de menos cuando te fuiste y no pudiste continuar en la segunda junta, y ahora que sabemos que no podrás volver y que te tendremos lejos, muy lejos físicamente, todavía te echaremos más de menos, te lo aseguro.
La vida es un misterio y, a la vez, es un regalo. Perdemos mucho tiempo en cosas absurdas, la verdad, en discusiones y enfrentamientos que no merecen la pena, muchas veces ni siquiera sabemos por qué se producen. Esto es solo un recuerdo de que estamos aquí de paso y que somos libres para elegir entre hacer el bien, poniendo el foco de atención en los demás, o seguir mirándonos a nuestro ombligo sin dar ningún fruto.
En tu recuerdo, en tu memoria, porque siempre te tendremos muy presente, todos tus compañeros, lo que te conocieron y los que no, te damos las gracias, por tu vida, por tu saber estar, por todo lo que nos has enseñado con ella sin ser consciente del regalo que has sido para nosotros, sin pedir nada a cambio. Te queremos, te querremos y siempre estarás en nuestro corazón. Nos vemos en le Eternidad.
Ana de la Herrán, presidenta de la Asociación de Inspectores de Hacienda del Estado
Querida Ana, te agradezco mucho tu obituario porque me da la egoísta oportunidad de escribir acerca de (lo poco que) conocía a Ana. Me enteré por un amigo común de su fallecimiento, desconociendo la desgraciada enfermedad que sufría. Maldita sea. Y pensé en dedicarle un artículo en “mi” blog pero, la verdad, no me sentía autorizado para ello. Mi alma, ahora mismo, está invadida de melancolía, preciosa palabra que, etimológicamente, hace referencia a la bilis negra que, ahora mismo, impera en mi cuerpo. Y Ana no se merece melancolía. Lo advertí claramente ayer, en sus exequias, que no fueron tales sino un acto coral de recuerdo alegre de una persona inolvidable. Y hay pocas personas verdadera y colectivamente inolvidables. Fue un acto por el que, y lo digo sin el menor atisbo de sorna sino de desconsuelo, hubiera merecido pagar entrada. Nunca sentí tantas veces el vello erizado como ayer. Fue una ópera, un concierto y unos juegos florales a la vez. Todo el mundo quería hablar y, todo el que lo hacía, estaba tocado por una varita mágica que, creo, debe ser haber tenido la oportunidad de conocer a Ana. Yo la conocí también en 2020, justo el 11 de marzo de 2020, dos días antes de la pandemia. Pero mi historia con ella no importa. Lo verdaderamente relevante, y eso no lo diré yo, es si tengo la suerte de estar tocado por esa varita, antidogmática, sensible, empática, atractiva y, ¿por qué no?, niña, de Ana. Descansa en paz. Esaú
Buenos días. Me alegro por tus palabras tan emotivas ya que no he llegado a conocer a Ana. Sin duda están justificadas en recuerdo de una compañera que ha trabajado en este área de la Administración y en la asociación. Un saludo a todos.
Ana, era de esas personas buenas, que aportan a tu vida sensatez, generosidad, crítica constructiva; ; siempre conciliadora. Un lujo haberle conocido