Todo lo que siempre quiso decir sobre los aranceles USA (y no se atrevió a escribir)
Share
Vaya por delante que considero que cada país puede hacer lo que le venga en gana con su sistema tributario y que si un país decide imponer unos tributos u otros a una operación es una cuestión nacional. También sostengo que hace falta una infraestructura industrial potente para ser un país avanzado y apoyo que se tomen medidas para garantizar la pervivencia y desarrollo de la industria nacional. A pesar de ello, también comparto que la globalización y los intercambios internacionales han generado la mayor cantidad de bienes de consumo a un precio moderado que la humanidad ha conocido y que, con sus luces y sus sombras, ha permitido que el bienestar se incremente para todos los pueblos de la tierra como nunca en la historia. Además, la historia nos ha enseñado que pretender una vuelta atrás, hacia un pasado, real o soñado, cuando un cambio histórico ha comenzado, es una entelequia sin sentido que no tiene ninguna posibilidad de salir bien, ni tan siquiera de salir.
Sentadas estas premisas a nadie debe extrañar que diga que me parece muy bien que los EEUU de América hayan decidido gravar con unos derechos aduaneros abrumadores las importaciones que se realizan en su territorio.
Muy bien no quiere decir que me parezca que con esa medida se vaya a lograr el objetivo que se propone; de hecho, yo creo que el objetivo no es el que se ha dicho, sino otro distinto, pues veo muy difícil que nadie, entre la legión de asesores que rodean al Gobierno useño, mucho más profesionales y menos políticos que los que campan por nuestro país, no le haya avanzado que, con unos aranceles, por altos que sean, no se deja de producir, de hoy para mañana, en un país, para reubicar la industria en otro, sobre todo cuando la medida es una iniciativa individual de un Gobierno y no una política de Estado que parezca que se va a mantener sine die.
Muy bien no quiere decir que no crea que es una medida que va a perjudicar a nuestra nación y que, por tanto, desearía que nunca se hubiese llevado adelante y que, ojalá, desaparezca rápido.
Muy bien no quiere decir, además, que no considere que se debe reaccionar frente a la misma y de una forma enérgica.
Muy bien es, por tanto, que me parece una decisión soberana, sobre la que no tenemos facultad de decisión, y que debe aceptarse y encararse, sin lloros absurdos, quejas amargas o manifestaciones estériles, como debería hacerse con todo aquello que escapa a nuestro control, como, por otra parte, lo es casi todo, y solo la estulticia humana se empeña en creer que controla su mundo.
Hasta ahora, la única contestación efectiva, más allá de las palabras, que han avanzado nuestros políticos, tanto a nivel nacional como comunitario, ha sido exclusivamente enfrentar los aranceles con aranceles, lo que me parece un tanto absurdo.
Primero porque contradice todo lo que se ha defendido por parte de las autoridades, españolas y comunitarias, que siempre subrayan que los aranceles producen un encarecimiento de los productos para los consumidores interiores y mantienen una actividad económica ineficiente, que solo prospera bajo el paraguas del arancel, pero que en realidad es un “elefante enfermo” del que hay que cuidar por las graves consecuencias que trae en el mercado protegido por el arancel su “muerte”.
Pero, sobre todo, porque significa renunciar a la iniciativa estratégica y pelear la batalla en el campo que ha elegido cuidadosamente nuestro adversario. No me cabe ninguna duda que las autoridades americanas, al valorar la posible respuesta a sus aranceles, esperaban que la contestación fuera un “contra-arancel” y que, acertada o desacertadamente, hayan pensado que, como quiera que nuestra respuesta no tiene otro objeto que contestar a su medida, sin pretender alterar nuestra estructura productiva, sin pretender por tanto asumir en el territorio comunitario la actividad productiva que produce los bienes que importamos y ahora gravados por un nuevo arancel, únicamente iba a tener como consecuencia el encarecimiento del producto en cuestión en territorio comunitario. Todo ello sin necesidad de introducir en esta posible respuesta arancelaria la variable “política europea”, que seguro que los americanos han tomado en consideración, y que hace que la posible respuesta vaya a ser lenta, timorata y difícil, pues exige un consenso de los países comunitarios que raramente se produce de manera ágil, decidida y rápida.
Por todo ello, en mi opinión, debería haberse suscitado una respuesta diferente, una que, además, aprovechara la guerra abierta para lograr una reordenación de las relaciones con el país useño, golpeando no donde esperan, sino donde más les puede doler.
Un vistazo a las balanzas comerciales muestra que, si bien el tráfico de bienes entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América es de una enorme magnitud, también reviste gran importancia el intercambio de servicios. Ciertamente, en la balanza de servicios se incluye un poco de todo; pero dentro de ese cajón de sastre hay no pocos servicios entre partes vinculadas, servicios de los que, a poco que rasquemos, veremos que no se consumen en una empresa equivalente que no forma parte de un grupo internacional o si se consumen, no lo es en la misma magnitud.
Es una amarga experiencia la que se adquiere en la comprobación de algunos de estos servicios internacionales, en los que el camino está jalonado de grandes complejidades y vericuetos, minuciosos pasos que debemos dar, como horcas caudinas a atravesar, en las que la administración fiscal tiene muchos obstáculos y pocas ventajas. Es cierto que, en general y al menos en España, la Administración tributaria está imbuida de unos poderes amplísimos, posiblemente demasiados, que abruman al contribuyente; pero cuando nos enfrentamos con determinadas prácticas que se dan en grupos multinacionales, que, casualidad o no, suelen tener su matriz última en los Estados Unidos, tales poderes se muestran limitados y hasta inútiles, protegidas como están las empresas por unas “buenas” prácticas u orientaciones internacionales (he evitado, conscientemente, la palabra directrices, que es lo que debería haber usado, confieso), inspiradas y alumbradas en Organismos internacionales fascinados por la doctrina y práctica useña. ¿Será casualidad, entonces, a quien privilegian estas normas?
Aunque a pasos chiquitos, algunas personas dentro del mundo de la fiscalidad se han dado cuenta que el principal agujero fiscal no se halla, como quizás ocurriera antaño, en el pequeño comercio o industria, que vendía sin declarar sus ingresos o el IVA; sino que existe un gran agujero en los ingresos públicos que no se esconde, pues vive amparado por unas reglas inatacables e indiscutidas, construidas con una finalidad respetable, pero que, al final, solo dan ventaja a las grandes estructuras multinacionales frente a las autoridades fiscales nacionales y les permiten campar a sus anchas por los países sin tributar y, además, exhibiendo públicamente su actuación.
Entre esos pasos chiquitos se encuentra BEPS. En la última entrada que publiqué en este blog, “BEPS 2: un cambio de paradigma en la tributación internacional” ya avanzaba la importancia de esta iniciativa, que ha tratado de racionalizar la tributación internacional, y hasta, en su segundo impulso, reordenarla, promoviendo, entre otras cosas, la posibilidad de gravar los beneficios de las grandes multinacionales en las jurisdicciones donde se producen los beneficios, aunque no dispongan en el territorio de un establecimiento permanente. En la misma línea van otras medidas, tales como la denominada tasa google, que trata de garantizar la tributación de grandes conglomerados internacionales dedicados a las actividades digitales a los lugares donde generan el beneficio.
No resultará sorprendente que, aunque menos destacado por los periódicos y noticiarios, juntamente con los aranceles se haya mezclado, por la Administración useña, el rechazo a BEPS y a la tasa google, medidas de las que ni quieren oír hablar para reducir los derechos arancelarios.
Quizá, a mi modo de ver, la gran limitación que tienen estos proyectos es su complejidad. Aunque se trata de plantar cara a situaciones en las que cualquier persona, con sentido común y que desconociera la normativa fiscal internacional, entendería y aceptaría como ejemplo de absoluta racionalidad en el gravamen; la nueva normativa parece querer construirse sobre los mismos cimientos puestos hasta ahora en la tributación internacional, pensados para sostener un edificio que, comparado con las nuevas orientaciones, se ha construido cabeza abajo. Y es que, las reglas de la fiscalidad internacional se basan en unos principios muy bien pensados, aunque ese pensamiento se haya desarrollado muy perfecto, quizás no sea el más lógico.
Esta sería, en líneas esenciales, mi propuesta. ¿Quieres aranceles? Perfecto, establece aranceles. La Unión Europea lo que quiere es que se quede aquí la justa porción de los beneficios generados aquí y no vamos a aceptar toda tu parafernalia de precios de transferencia cuando, perfectamente aplicada, lleve a la solución absurda que vacía nuestras arcas.
Soy consciente que esta propuesta es irrealizable.
No son solo los useños, son también algunos de nuestros supuestos “socios” del norte de Europa, tan perfectos y correctos en su protestantismo militante, que actúan como tontos necesarios (o listos interesados, según se mire) para canalizar los beneficios de los lugares donde se generan a las multinacionales useñas, facilitando instrumentos y estructuras que vienen bendecidos por ser operaciones realizadas desde países de lo que llamamos “nuestro entorno”, y que reciben unas migajas del pastel con las que se quedan satisfechos.
Son toda una pléyade de “delincuentes de cuello blanco” que pasan horas y más horas creando estructuras, haciendo informes de precios, hablando de “mark up”, “tested party” o “Masterfile” y otros términos con perfecta denominación en español, y todo con los que las empresas multinacionales abusarán de muchas jurisdicciones, contra unos pingues honorarios, inconscientes que ellos soportan una carga fiscal pesadísima por culpa de estar sirviendo a quien le perjudica.
Son también unos políticos, en el mejor de los casos cortos de miras y de entendederas, en el peor, ni lo digo, y de unos asesores a los que se supone más preparados, y que o no lo son o lo que les preocupa es solo como ganar un puñado de votos, y no las oportunidades y alternativas que harían bien a nuestro país.
Y no pienses que no eres tú también, compañero lector de este blog, que si has llegado hasta aquí estarás pensando que ya está, otra vez, el pesado de Javier con sus obsesiones sobre la fiscalidad internacional, y que, cuando acabes, irás a zurrar al médico o al abogado, verdadero delincuente fiscal, que se ha deducido dos coches o la cena del sábado con los amigos con los que juega al pádel, y que tú, con tu esfuerzo, has puesto coto a su sinvergonzonería.
O quizá también sea yo, que al fin y al cabo me contento con usar este blog para airear mis ideas extrañas…y es que, como dice el “disclaimer” del blog, “las opiniones expresadas en las publicaciones del blog son de la exclusiva responsabilidad de los autores, pudiendo no coincidir con las de IHE”.
Javier Bas Soria. Inspector de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE

ESTOY MUY DE ACUERDO, BUENA EXPOSICIÓN Y CONCLUYENTE. BRAVO
Buenos días. Gracias por tu artículo que nos permite reflexionar sobre temas aparentemente inconexos que haces bien en relacionar. En mi opinión la ruidosa actuación del Presidente norteamericano no debe hacernos olvidar las muchas décadas de desarrollo mundial que el libre cambio, impulsado por los EEUU, trajo. Igualmente creo que los problemas tributarios derivados de la digitalización de la actividad económica no se resuelven o, simplemente, encaran con fórmulas aislacionistas. por ejemplo, la Directiva (vida – vat in digital age) es un esfuerzo por adaptar nuestras reglas tradicionales a un mundo cambiante.