La fiesta del chivo (expiatorio)
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Sacudirse de encima las propias responsabilidades es connatural al ser humano. Los agentes socio-políticos son expertos en este quehacer, que elevan a la categoría de arte degenerado. La forma de desviar la atención de su propia incompetencia se basa en la vieja usanza de echar mano de uno de los tipos sociológicos más arraigados en la cultura: el chivo expiatorio. Este caprino presenta una maleabilidad que ya quisiera para sí el oro. No es nadie, en concreto, y puede ser cualquiera, cuando las circunstancias lo exigen. Va cuajando, tomando forma y manifestando sus contornos a medida que la necesidad de recurrir a él va también, correlativamente, cristalizando.
Cada situación comprometida tiene el suyo. En tiempos de crisis religiosa fue el judío y, en general, el integrante de las minorías étnicas. Más tarde, con el advenimiento de las administraciones públicas profesionalizadas –insertas primero en dictaduras y más tarde en democracias sin cafeína–, se ha encarnado en el funcionario de carrera, origen de todos los males. Especialmente, en tiempos de crisis económica. Sobre todo, inmobiliaria. El sueldo seguro, el puesto de por vida y la relativa independencia de criterio son los bastiones del castillo desde el cual contempla con suficiencia –se nos pretende hacer creer– al pueblo llano, del que se ríe. ¿Qué digo se ríe? Se descojona de él, impunemente. Por eso hay que afeitarle la barba cada tanto. Para que cese su hilaridad burlona.
Ahora el chivo presenta un aspecto bifronte: es tanto pensionista como trabajador por cuenta ajena. Analicemos la fisiología de ambos especímenes votivos.
El llamado autónomo –fuente moderna de gran parte del empleo, quién podría negarlo– paga demasiados impuestos. Luego, especularmente, el trabajador paga muy pocos. No cabe mayor falsedad. Las cifras la ponen al descubierto de inmediato. Analizando el periodo comprendido entre 2018 y 2023, se comprueba que el IRPF es el tributo que mayor recaudación ha proporcionado al Fisco. También es aquel cuyo peso relativo en el conjunto del sistema fiscal ha aumentado más en dicho periodo (3,18%). Ha afianzado su importancia relativa a costa del IVA (que baja ese mismo 3,18%) y los Impuestos Especiales, que caen en un 2,46%. El IRPF es un impuesto, además, claramente escorado en perjuicio de las rentas del trabajo, que representan más del 80% de sus bases imponibles. Luego, si el IRPF lo pagan, básicamente, los trabajadores y, además, es el tributo que más recauda, no es difícil admitir la siguiente conclusión, por evidente: quien sostiene España es la clase trabajadora. Esto no es comunismo, ni izquierdismo ni alguna otra cosa. Son simples hechos numéricos.
Podrá decirse –como ya he apuntado antes– que si existen trabajadores es gracias a los autónomos que los emplean. Y en gran parte de los casos resulta cierto. Nuestro tejido empresarial es así. Pero que los autónomos contribuyan notoriamente al empleo en este país no significa que lo hagan también a la caja común. Pagan, pero menos que otros. Y pagan menos tanto porque la normativa configuradora del rendimiento de actividad económica es mucho más benévola que la del rendimiento del trabajo como porque, patrones normativos aparte, disfruta de mayores oportunidades de fraude. Las retenciones y el IVA son las dos varas de mago de las que echar mano, cuando se tercia, no para sacar conejos de la chistera sino para meterlos en ella. A empujones, si hace falta.
Si alguien, pues, puede ir de víctima fiscal por la vida, es el trabajador por auténtica cuenta ajena. Lo de auténtica lo digo porque también los administradores y socios únicos de sociedades mercantiles que se ponen un sueldo son trabajadores. Pero se trata de un formalismo que no debe confundirnos. No hay verdadero rendimiento del trabajo sin verdadera dependencia laboral.
Cuando hablo de trabajador, incluyo tanto al que lo es ahora como a quien lo fue en el pasado (pensionista).
Este desdoblamiento me permite dar entrada a la segunda reflexión que deseo hacer. De un tiempo a esta parte, no son pocas las voces que comienzan a poner al jubilado en el punto de mira. Lo que se pretende con ello es excitar las bajas pasiones, básicamente la envidia –sino el odio–, de quienes, vapuleados por un modelo económico de bases endebles, constituyen una anécdota del mercado laboral. De los jóvenes, vaya. Los argumentos de los que se echa mano en esta labor de laminado son varios: el pensionista cobra mucho más de lo que le correspondería en función de lo cotizado; el pensionista cobra una prestación de jubilación que se sitúa varias veces por encima del salario medio de los trabajadores en activo; el pensionista esto, el pensionista lo otro. Todo vale, cuando se trata de amorrar al baby-boomer al altar del sacrificio. No son invenciones mías. Existen algunos que incluso recurren a un tono belicista extremado: hay que empezar a señalar a los pensionistas, porque, de lejos, son el colectivo más egoísta en España y representan el mayor lastre para el avance del país. La frase es de un youtuber con muchos seguidores a quien no conviene dar publicidad gratuitamente. Por eso omito su nombre. Seguramente, tendrá padres. Entiendo, pues, que también los incorpora a su picota. O no, vaya uno a saber. El embudo se presta como pocos utensilios al manejo a voluntad.
No permitamos que nos engatusen, repito. El pensionista cobra una pensión que se determina en función de un sistema que nada tiene que ver con el de capitalización, que es el que siguen, por ejemplo, los planes de pensiones. Luego, comparar su prestación con el rendimiento actualizado de sus aportaciones activas pasadas es improcedente. Tampoco tiene ningún sentido confrontar el monto de su pensión con el de los salarios. Son conceptos diferentes: operan en ámbitos diferentes y tienen tambiénfundamentos diferentes.
Bajo estos argumentos interesados –y otros adicionales, pero, en lo sustancial, parecidos– lo único que late es la pretensión de calentar la sopa sin que nos demos cuenta. Para que, cuando nos toque tragarla, parezca que está fría.
A quienes estén dispuestos a abrir la boca –mientras el trago les inunda la tráquea, en dirección al estómago–, tanto como den de sí sus mandíbulas, les aconsejo que, si tanto les gusta engullir, recurran a piedras de molino. Son más efectivas. Y ya no hace falta comulgar con ellas para que pasen por el gaznate.
Porque, vamos a ver. ¿Quiénes están sosteniendo con sus pensiones las magras posibilidades financieras de las unidades familiares que forman hoy día los jóvenes? ¿Por qué muchos de ellos, perceptores de salarios ofensivos a la subsistencia, disponen, aun así, de cama, comida y techo? ¿Quién los avala ante las entidades de crédito cuando deciden dar el paso y adquirir su primera residencia? ¿Quién les cuida los hijos mientras ellos trabajan? ¿De quién heredarán? Porque, por término medio, los jóvenes actuales recibirán patrimonio de sus padres, cuando éstos fallezcan. Es una oportunidad que ellos no tuvieron. Entonces no había nada que heredar. Nuestros padres y abuelos, por término medio también, vinieron al mundo con las dos manos detrás de la espalda y sosteniendo, bajo el brazo, una canasta de pan vacía. A pesar de tanta limitación, con esfuerzo, lograron ponerlas delante (las manos) y atiborrar el cestillo.
No nos dejemos vencer por el discurso interesado de estos iluminados. El hoy joven es hechura de los hoy pensionistas. Por mucha brecha generacional que haya entre ambos, no caigamos en las redes de tanta mandanga disolvente. Quien levantó España ayer tiene derecho a descansar hoy en ella, sin que se cuestionen sus títulos a cada momento. La única alternativa a esto la ofrece la película Middsomer (2019). Retrata una sociedad escandinava en la que, al llegar a los setenta años, los matrimonios presiden una comida de despedida tras la cual suben a la cima de un montículo cercano. Y desde él, se lanzan al vacío, estampándose contra el suelo. Para el caso de que, todavía así, no mueran, hay algunos jóvenes situados en la explanada que acuden atentamente al lugar de la caída y les aplastan el cráneo con unas pesadas mazas.
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
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