Siervo de la gracia (Nuevo sistema de oposiciones a cuerpos superiores de la Administración del Estado)
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Cuando Luis Cabeza de Asno asomó al mundo, papá y mamá estaban esperándolo. Lo recibieron con alegría sincera, entre pañales de seda.
La infancia de la criatura fue una suave planicie. Transcurrió entre juegos y carreras, en una meseta bonancible en la que el viento era apenas caricia.
A los dieciocho años, el interior de su mollera estaba tan vacío como un átomo sin núcleo. Desde el frontis al occipital, cubicaba una enorme nada. Los recursos habitacionales de su hueco cacumen no iban más allá de los imprescindibles para una vida fisiológica satisfactoria. Dentro de la covachuela de Luis Cabeza de Asno florecía la pura tundra. Matorral, carrasca, monte bajo. Solo eso. La compleja botánica de la taiga hubiera requerido, para asentar con éxito, condiciones de fertilidad que ni tenía ni hubieran satisfecho sus planas aspiraciones.
Embebido del azogue de su espejo, a los dieciocho años habló con sus mayores:
- Queridos papás. He decidido cursar estudios de ingeniería.
Acudió a la facultad adarga en ristre. No consideró necesario velar antes sus armas matemáticas. Ni siquiera usó de la sola noche que Cervantes concede a Don Quijote.
El día que cruzó el limes del campus, de su extremo colgaba orgulloso el pendón de los Cabeza de Asno. Pronto constató que era jabalina desportillada.
No tuvo éxito en la embestida. El último de los polifemos que guardaban el recinto quebró, sin apenas ímpetu, su figura ecuestre al año de asomar por aquellos santuarios del conocimiento petrificado.
No por ello sufrió mella la determinación del caballero asnante. La masa de fracasos se escurrió contra la pulida superficie de su carácter indolente sin hacerle herida, como espuma de jabón que se desagua por el fregadero.
– Esa facultad no es resiliente ni transparente. Tampoco, inclusiva, comportativa ni manifestativa –informó con desprecio a sus papás, absortos en la contemplación de la parrilla de calificaciones, plagada de goterones indelebles.
Ante la evidencia del fracaso, aceptaron sus explicaciones y le ayudaron a recalibrar esfuerzos. A razón de mil quinientos euros al mes, más trescientos cincuenta adicionales, para prácticas y actividades extra lectivas, la auténtica valía de Luis no tardó en inundar los pasillos de la escuela de ingeniería de su nueva universidad de pago. Como las lluvias de Louis Broomfield, su hora llegó y anegó, con efectos revitalizadores, la hoja de servicios académicos que le custodiaban en Secretaría. Al igual que San Pablo, en su camino hacia Damasco, también él había visto la Luz. Y ésta le habló con destellos veterotestamentarios:
– Por mí, tu dios, Pagharé, conoceréis los secretos de la ingeniería tú y tus descendientes, hasta la decimoséptima generación.
Alegre por la revelación, la comunicó a sus profesores. Reservó a ese menester los fines de semana. Aquellos personajillos, temerosos siempre de que una mala calificación estudiantil acabara con su fuente de vida esforzada, sabían adaptarse a las necesidades de sus alumnos-electores. Jamás suspendían a nadie que se encontrara al corriente en el pago de las tasas académicas. Tampoco, es cierto, concedían matrículas de honor. Pero esto otro lo hacían porque esas condecoraciones sublimes, si no se les pone coto, se salen del marco que las alumbra y, cual termitas, en su afán gargantuesco acaban erosionando el presupuesto universitario.
En Villa Cabeza todo era alegría y buen estar. Los deslumbrados enseñantes podían admirar la solidez de sus muros de mampostería entre canapés de beluga. Lo que no había era bombones Ferrero Rocher. Estaban pasados de moda. Aquellas piedras de caliza roja, coronadas por tejados a varias aguas, definiendo paredes entretejidas de vegetación, eran el remanso del esfuerzo, la quieta alberca en la que reposa el espíritu.
Doscientas mensualidades después, Luis alcanzó la licenciatura. Había bastado sustituir el Hades por el Valhal para que los dioses –otros dioses– le escucharan.
- Hay que saber a qué deidad rezar en cada momento –pontificaba ufano su padre.
El moderno Hades de Zeus es un inframundo disminuido, de plástico no reciclable, en donde la materia universitaria, libre de envases, emana vahos de fétida putrefacción. Y, aun así, un lejano descendiente de Cerbero, en su desorientación, siempre puede darte con la puerta en las narices. Que te cierren de golpe las del Valhal, dotado de quinientas cuarenta entradas, resulta mucho menos probable.
En tamaña Jauja de peaje, las valquirias del reino de Odín acudieron en su ayuda cuantas veces lo necesitó. Brazos, piernas, orejas, manos y dedos, caían seccionados con frecuencia en el transcurso de la jornada por culpa de una cuchillada traicionera del álgebra o del cálculo. No había cuidado. Las piezas eran restituidas a su procedencia por una de aquellas vestales nórdicas, con paciencia, durante la noche. Asistido de tales empujes, Luis pudo prepararse para el Ragnarok, el desafío final. Y Odín, aconsejado por Hugin y Munin, sus cuervos mañaneros, terminó dándole arropo bajo uno de sus escudos dorados.
Su título de licenciatura refulgía tanto al sol del atardecer, que fue necesario proveerse de lentes oscurecidas para protegerse de semejante deslumbre. Tanto cegaba, sí. Incluso, en el ocaso. Sus calificaciones en resistencia de materiales emitían destellos iridiscentes; el hondo saber sobre cálculo de estructuras que aquel papelote nominativo aseguraba a su beneficiario hería los ojos con blancura marmórea. Todo era lienzo puro, inmaculado, en su haber. Como ese manto claro que, según Rodolfus Glaber (958 – 1047 d.C.), revistió de arte románico las iglesias del alto medioevo europeo.
Con semejante ejecutoria en su mano, ingresar en el curso del Instituto Nacional de Enseñanza Pública Transicional Operativa (INEPTO) fue tarea que, hasta la costurera del Hilo Rojo del Destino nipón habría podido llevar a término con empeño hipotenso, sin más que dar una puntada vacua al azar en el intermedio de dos cabezadas somnolientas.
En aquel instituto imperaba el agustinismo luterano. El ser que lo dirigía no creía en la salvación por las obras. Bastaba la fe. Y ni tan siquiera eso, porque estamos predestinados. Los que debían salvarse, ya habían sido designados por el Altísimo antes de ocupar silla en la academia pública de selección. ¿Qué, pues, podía hacer él? ¿Contradecir su Omnímoda Voluntad?
Este Melanchton de libre designación seguía a pies juntillas la regla de la orden luterana. La nueva iglesia se fundaba en el descrédito de la antigua. Toda mención a las desaparecidas oposiciones de mérito y capacidad la tomaba como una ofensa a su propia persona. Recordar la antigua forma de acceso era como volver los ojos con devoción a la Roma de las indulgencias, vil ramera erigida sobre un Vates insano. Había que prescindir de la lectura autorizada de los temarios de ingreso y sustituirla por un diálogo íntimo, de la divinidad con el fiel aspirante, entre arrumacos y susurros, catalizado por el comisionado de Dios en la delegación de función pública para asuntos de formación de personal de nuevo ingreso.
Aligerado de peso el canal transmisor de la Gracia, el precio del esfuerzo se abarataba en aquel instituto hasta niveles impúdicos.
Durante seis meses –lo que dura un amor estival, resaca incluida– Luis acudió a las sobremesas religiosas de aquel personaje directivo que actuaba “bajo la capa política”. Entre sobras, sitiado casi siempre por la modorra de unas digestiones pesadas, apuntaló seguridades. Sus pecados de inteligencia crasa no eran obstáculo a la gentileza divina. A despecho de ellos, Luis Cabeza de Asno gozaba del amor de Cristo.
Fue uno de los quinientos elegidos. Lutero lo escogió a él y él escogió ser Inspector de Hacienda. Otros se decantaron por la Abogacía del Estado, la Inspección de Trabajo o la Judicatura. Todos manifestaron sus preferencias como se decide qué camisa llevar hoy, con qué clase de bermudas presentarse en la playa o qué película ver.
Con el destino bajo el brazo, partieron hacia él con la celeridad de los correos de rey Felipe IV de Francia (1268-1314) la noche del 29 de diciembre de 1314, para anunciar en pagos, bailíos y senescalías la noticia: recién terminaban de adquirir condición superior. Sin deberle el puesto ni a méritos ni a capacidades obsoletas.
Como no recordaba nada, porque nada sabía, y, además, la nada de su licenciatura era diferente de la nada de su profesión, su primera homilía fiscal tuvo que leerla entera. De cabo a rabo.
Asistieron a ella los artífices del dicasterio en pleno: insufladores de calificaciones –esos sopladores abnegados del vidrio neo funcionarial–; curvo-cátedros en derecho censitario-tributario; titulares de acreditaciones conseguidas en alguna de las tierras imaginadas por Cosmas Indicopleustes en su Cosmographia Cristiana (550 d.C.); alcahuetas de cópulas fructíferas, comadronas de alumbramientos administrativos; mamporreros del éxito guiado …. Corredores, veedores y decidores innúmeros, en suma. De dentro y de fuera, de arriba y de abajo. Histológicamente componían el tejido conjuntivo artificial de las nuevas prótesis funcionariales, fabricadas sólo por encargo. Allí estaban. ¡Manifestación citológica sublime! Con la mirada fija en él, le hablaban en silencio: “Recuerda siempre quién te hizo conde”. Pero a esta observancia, el conde acabado de instituir no podía oponer lo que Audebert a Hugo Capeto (940-996 d. C), primer monarca de su dinastía: “El mismo que os hizo a vosotros reyes”.
Esos tiempos habían pasado. El acceso a la función pública se decidía ahora en conciliábulo, en las profundidades del bosque de Senlis, bajo las copas de árboles frondosos, en medio de una umbría soledad.
El dicho había perdido su valor: lo que Natura no da, es mentira que Salamanca no presta. Ahora sí lo hace. Solo, que a través de filiales residenciadas en páramos fiscales. Los tiempos cambian. Y el mundo avanza que es una barbaridad.
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
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