Oxígeno, recaudación tributaria y Revolución Francesa
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El lector, seguramente, pensará que los conceptos que forman el título de esta entrada (oxígeno, recaudación tributaria y Revolución Francesa) no guardan ninguna relación entre sí. Pero no es verdad. Son tres brazos de mar que desembocan en su orilla desde la misma cabecera: un francés, cuyo nombre mencionaré pronto. Me hubiera gustado decir que la nacionalidad de nuestro héroe era española. Pero habría faltado a la verdad. España, en aquellos tiempos, andaba enjuagándole las flemas nasales a uno de los reyes de la Casa de Borbón. Eran muchas (las flemas) y la tenían siempre (a España) entre pañuelos.
El hombre en cuestión se llamaba Antoine. Sus contemporáneos se abandonaban al juego, cuando no a castigar a los incautos con sus teorías fisiocráticas (Quesnay). Había, incluso, quienes consagraban el tiempo a surfear, sobre pliegues de frívolo amor, en la corte de Versalles. Antoine, en cambio, andaba siempre ocupado en los sótanos de su casa. Allí abajo experimentaba con sustancias y tomaba buena nota de los resultados de las reacciones químicas a que las sometía. Tras muchísima prueba y error llegó a una conclusión: la materia, ni se crea ni se destruye; simplemente, se transforma. La ciencia actual solo ha ampliado la validez de esta teoría. Ahora es la masa-energía lo que se conserva.
Me refiero, por supuesto, a Lavoisier. Su logro puede parecernos, a ojos de hoy, obvio. Eso es porque sabemos que la materia se compone de átomos. Las reacciones químicas son meras reorganizaciones de ellos. Unas moléculas mueren alumbrando otras nuevas. Pero los átomos son los mismos en uno y otro caso. El átomo, mencionado por primera vez –que se sepa– por Leucipo y Demócrito, griegos antiguos, fue olvidado hasta que, a principios del siglo XIX, John Dalton lo rescató de un sueño de opio. Para el primer daltónico, el átomo era una pelota maciza, como un cachas de gimnasio, ofensivamente minúscula y ubicuamente presente en toda la materia. Pero cuando dijo todo esto Lavoisier ya estaba muerto. Así que el francés no tuvo nunca la más remota idea de átomos o cosas parecidas.
Concretamente, llevaba penando tierra desde 1794. El soplo frío de la cuchilla de la parisina Place de la Grève segó, con automática indolencia, su cabeza el día 8 de mayo de ese año. La de su verdugo –Maximiliano Robespierre– caería sólo tres meses después (gran lección, que ningún arriero aprovecha jamás). Ante la testa separada del cuerpo, el matemático Lagrange se lamentó de que semejante depósito de conocimientos hubiera tardado tan poco en saltar al cesto de Henri Sanson, el representante, aquellos días, de una larga saga de oficiantes de tinieblas. Así son las cosas. Las inteligencias supremas tardan, quizá, un siglo de pacientes esfuerzos en tomar forma. Basta, sin embargo, el deslizamiento entre rieles de una plancha afilada para desvanecerse entre tenues aleteos de libélula. Además, la Revolución no necesitaba químicos. Lo dijo bien alto el presidente del tribunal que lo condenó.
Entre los méritos de Lavoisier figura haber dado al traste con la teoría del flogisto. El flogisto era un supuesto componente de la materia que hacía las veces de cajón de sastre. Se recurría a él para explicar lo que no se entendía en absoluto. Por ejemplo, el hierro a la intemperie (combustión lenta) pesaba más que el metal puesto a cubierto porque, al aire libre, al flogisto, caprichoso él, le daba, por evaporarse. Y como tenía masa negativa, cuando la barra se lo sacudía de encima pesaba más. Era algo así como llevar un yunque a cuestas para, cuando ves al león, tirarlo y correr más. Lavoisier dijo que, de eso, rien de rien. La barra oxidada pesa más porque contiene oxígeno. De hecho la oxidación consiste en eso, precisamente: hierro + oxígeno óxido de hierro. Como el oxígeno generaba óxido, le puso ese nombre, que significa generador de óxido. Muy lógico.
Llevaba, pues, el hidrógeno fusionándose en helio, en el corazón de nuestro Sol, entre cuatro y cinco mil millones de años cuando, gracias a Antoine, supimos aquí abajo de la existencia de su compadre de aguas.
La historia de la ciencia está plagada de crasos errores de concepto. El del flogisto, en cualquier caso, no es el más sonrojante. Mucho más lo es, por ejemplo, la absurda aportación de Atanasius Kircher (1601-1680) al desciframiento de los jeroglíficos egipcios. Propuso una traducción de esta escritura sagrada sencillamente delirante. Por si sirve de consuelo, también rezuma –la Historia digo– feroces burlas, que es peor cosa. Los ropajes que con tanta pompa vistió Napoleón en su auto coronación imperial terminaron en los polvorientos arcones de un mercader londinense de Picadilly.
En fin, sigamos. ¿Qué tienen que ver Lavoisier y la Revolución con la recaudación tributaria? Tienen, tienen. Claro que sí. Ya lo he dicho.
La Revolución Francesa fue la manera en que una clase de pícaros (la burguesía, cabeza del Tercer Estado; ¡cuánta cabeza!), echó de sus castillos a la otra (la nobleza). Lo hizo sirviéndose de la mansa bonhomía de una legión de memos de capirote. Estos convidados de piedra formaban el pueblo, es decir, el cuerpo –por no descender a partes menos honrosas del todo social–, de ese mismo Tercer Estado. No entraba en los cálculos de la clase emergente que la cabaña borreguil a lomos de la cual cabalgaba le saliera respondona. En septiembre de 1792, a los sans culottes (sin calzas) empezaron a hinchárseles los bemoles. Aquello del nuevo orden político iba viento en popa, vaya que sí. Pero de lo suyo, ni olerlo. Así que se encomendó a Maximiliano y los suyos (Danton, Desmoulins, Saint-Just, entre otros) y les pidió un poquito de por favor. El favor –que no fue poco sino mucho–, vino de la mano del caballete de pintor reconvertido, por idea del doctor Guillotine, a máquina de afeitar brutal. La auténtica revolución consistía en abolir la monarquía, instaurar la república y cortar cuellos. Sobre todo, esto último, que es muy sano y no requiere excesivo esfuerzo de atención. Mientras la cortadora va expeliendo rodajas de mortadela puede uno hacer calceta. Ahí están las tricoteuses para dar fe. Tejían cómodamente instaladas al pie del cadalso, entre grumos y salpicaduras de sangre. Ejercían sus manualidades con la misma tranquilidad con la que conversan aquí, a la fresca del veranillo, los vecinos de una barriada.
La mano fue haciéndose al negocio de apurar gaznates y pasaron por vicaría casi todos. Hasta el propio fiscal del tribunal de acusación popular, Fouquier de Tinville. A unos se los castigaba por ser desaconsejable muestra viviente del Ancien Régime; el pecado de los otros consistía en no haber prestado, al nivel de exigencia requerido, los servicios que el Nouveau Régime demandaba.
Pero, ¿y Antoine Lavoisier? ¿Por qué se lo llevaron por delante? ¿Qué había hecho, dejando a un lado sus experimentos y su Tratado de Química? Bien, ya es hora de saberlo. Ahí va …
Bajo la monarquía de los Borbones galos el Fisco se desentendía de las pejigueras labores que conlleva el ejercicio del poder tributario. Así que arrendaba el monopolio de la exacción. Sacaba a licitación el negocio y lo adjudicaba a algún consorcio. El rematante se quedaba el producto de los ingresos, que antes había adelantado al monarca bajo descuento. Le entregaba 90 en la convicción de que sacaría 100. Y de esos 10 comía. Y bien que lo hacía. Aquello no era comida sino atraganto.
Nuestro querido Antoine tenía que vivir de algo. Ya lo postula el dicho: primun vivere, deinde philosophare. Primero vivir; el filosofar ya vendrá después. Al mundo contemplativo, reino indiscutido de la idea platónica, debe auparse uno con la panza ahíta de pura experiencia mundana. Lavoisier, como todo hombre culto de entonces, tenía malsana afición por los clásicos. Se aplicó a rajatabla la máxima. Ingresó en la Fermé Générale, la Gran Macro Recaudación de Zona de la época. Para eso uno de sus dueños era su suegro, el padre de su esposa, Marie-Anne. El nombrecito del organismo se las traía. Traducido al castellano significa la Granja General. Y en las granjas, ya se sabe qué sucede: se ordeñan vacas, se estabula el ganado, se sacrifican algunas reses … No me extraña que los sufridos pecheros se encabritaran ante semejante perspectiva.
Habiendo entrado en la Casa de la Real Recaudación con tan buen pie, aventuro que se dejaría ver poco por allí. El día de cobro y poco más. Barrunto, también, que su privilegiada posición suscitaría las envidias de otros menos afortunados, que, o bien no habían podido meter cabeza (de ahí su inquina; sucede siempre) o la habían metido en condiciones menos ventajosas. ¡Otra vez las cabezas! Así que, cuando el castillo de naipes se vino abajo, una de esas pesadas cartas le dio de canto en la suya, a la altura de la primera vértebra. En mi opinión, no tuvo la precaución de ingresar en el organismo de cobros sin deberle el puesto a nadie. Ese fue su error. Los favores, a veces no basta con devolverlos. Hay, también, que soportarlos cuando se desploman.
El recaudador de impuestos, padre del oxígeno, murió a manos del verdugo titular de la Revolución Francesa. ¿Tienen o no que ver estas tres realidades?
Manuel Santolaya Blay, Inspector de Hacienda del Estado
*Las opiniones expresadas en las publicaciones del blog «NOSÓLOIMPUESTOS» son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, pudiendo no coincidir con las de IHE
Buenos días. Esta historia nos devuelve al conocimiento más agradable, aquel que no tiene una aplicación inmediata. Gracias.
Gracias a ti